Mantenerse en la brecha (II)

Concluíamos nuestro encuentro anterior con las siguientes palabras:

«Seremos constructores o reconstructores de paz, cuando «seamos Cristo». Pero, ¿cómo podemos ser Cristo?».

San Pablo nos dice: «Vivo, pero no soy yo el que vive, sino Cristo quien vive en mí» (Gálatas 2, 20). Este es el sentido por el que queremos transitar en la respuesta a esta sencilla pregunta.

En el fondo, las palabras de San Pablo a los Gálatas nos muestran la esencia del camino del cristiano, discípulo de Cristo: imitarle a Él, hacer vida su Palabra, tener los “sentimientos de Cristo Jesús” (cfr. Filipenses 2,5). “Ser Cristo” quiere decir que lo descubran a Él cuando nos miren a nosotros, que escuchen sus Palabras cuando hablemos, que sientan su Abrazo cuando consolemos al hermano que llora.

“Llegar a ser Cristo” implica imitarle en lo que Él nos enseñó, que podemos encontrarlo en los Evangelios. Conocemos el mensaje, y ponemos nuestro empeño en vivirlo.

Pero, en esta ocasión, me gustaría ir más allá en la respuesta a la pregunta “cómo podemos ser Cristo”, aportando una nueva perspectiva.

Dice la Palabra de Dios que el hombre fue creado a imagen de Dios (cfr. Génesis 5, 1); esto quiere decir que estamos hechos a imagen de Jesucristo: «Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos» (Romanos 8,29). Él es el modelo, y por eso el fin de nuestra vida debe ser imitarle, “parecernos a Él”.

Pero, aun habiendo sido creados a imagen de Jesús, la verdad es que no somos todos iguales entre nosotros. Somos diferentes, muy diferentes, como obras de arte realizadas con “moldes únicos”. ¿Cómo es esto posible? Parece un contrasentido.

Podemos llegar a la conclusión de que somos iguales en lo que heredamos de Jesús, y diferentes en nuestra parte humana. Nos une la capacidad de amar, por ejemplo, porque es esencia de Dios, pero me diferencian de mi hermano mis cualidades humanas, propias, diferentes.

Pero también hay en nosotros una parte “divina” que nos diferencia. Cada uno de nosotros recibe de Dios unos talentos, una parte de la esencia de Dios que Él ha puesto en nosotros. Los talentos “son” a su imagen. Es una parte de la esencia divina que Él comparte con nosotros. Son los “destellos de Dios”, con los que, cuando los hacemos realidad en nosotros, reflejamos su gloria, su sonrisa, su alegría, su amor.

Cuando tomamos entre las manos los 10, los 5 o el único talento de la parábola (cfr. Mateo 25, 14-30), y los hacemos fructificar, estamos haciendo relucir en el mundo los “reflejos de Dios”; y como solo tenemos una parte de esa esencia, cuando caminamos junto a nuestros hermanos, entre todos hacemos relucir la Luz de Dios en toda su plenitud. Por eso nos necesitamos, nos completamos unos a otros.

Si por el contrario mantenemos escondidos en la inactividad estos talentos, nunca reflejaremos la luz de Cristo en el mundo, no seremos reflejos, destellos de Dios. Si nos quedamos encerrados en nosotros mismos estamos enterrando nuestros talentos, estamos enterrando a Cristo mismo, estamos menospreciando su luz, porque impedimos, con nuestra cobardía y negligencia, que su Luz resplandezca.

El don que recibimos, como reflejo del mismo Cristo, es el regalo de Dios para que podamos «ser Cristo». Las manos, por ejemplo, de un cirujano, puestas al servicio del enfermo como instrumento de Dios, permiten al paciente vivir en su cuerpo la caricia de Dios mismo, porque es Cristo sanador, en la persona del médico, quien le opera.

Tenemos, según esta reflexión, dos opciones en nuestra vida:

Si el centro de nuestra vida somos nosotros mismos, si no dejamos que Cristo brille en nosotros, perderemos la esencia de nuestro ser espiritual; y así nunca seremos constructores de Paz, porque no seremos “Cristo”.

Por el contrario, si hacemos como el siervo de la parábola: «El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco» (Mateo 25, 16), estamos dejando crecer a Cristo en nosotros, compartiendo la sonrisa de Dios en nuestros labios, alegrando el corazón de los hombres con la Alegría de Dios, sirviendo a los necesitados con las manos de Dios, porque son sus talentos, y con ellos lo hacemos presente a Él. «Ya no soy yo, es Cristo que vive en mí».

Los “destellos de Dios” que recibimos son un verdadero regalo con los que Dios mismo comparte con nosotros parte de sí mismo, nos permite «vivir en Cristo», nos hace posible “ser Cristo”, y, por tanto “constructores, reconstructores de Paz”.

Mantenerse en la brecha (I)

En nuestro último encuentro de este blog hablábamos de la muralla de Jerusalén, cambiando el término “construir” por el de “reconstruir”. Y hacíamos referencia al libro de Nehemías. En aquellos días, me emocionó especialmente leer en este libro el relato de la realización del trabajo: «Después de él, Baruc, hijo de Zabay, restauró otro tramo, desde el ángulo hasta la puerta de la casa del sumo sacerdote Eliasib. A continuación, Meremot, hijo de Urías, hijo de Hacós, restauró el tramo siguiente, desde la puerta de la casa de Eliasib hasta el extremo de la casa de Eliasib. Después de él trabajaron en la restauración los sacerdotes que habitaban en la llanura. Luego, Benjamín y Jasub trabajaron en la restauración frente a su casa. A continuación, Azarías, hijo de Maasías, hijo de Ananías, restauró el tramo junto a su casa» (Nehemías 3, 20-23). Esta descripción me mostró un pueblo unido, con una tarea común, cada familia en su brecha, en su tramo, codo con codo, como un solo pueblo.

La lectura de este fragmento, del que solo copio una parte como muestra, me trajo al recuerdo un fragmento del libro «Tres monjes rebeldes» de M. Raymond, que relata, con un formato de novela, la historia de los fundadores de la Orden del Císter.

En relación al primero de ellos, Roberto de Molesmes, transcribo unos fragmentos de la novela, donde relata su reflexión tras escuchar a su abad en la enseñanza de la mañana:

«”Busqué… un hombre… que se mantuviera en la brecha, delante de mí, en defensa de la tierra, para que yo no la destruyera; y no encontré ninguno” (Ezequiel 22, 30).

Estas palabras habían perseguido a Roberto toda la mañana. Le habían hecho imaginar el cuadro de una ciudad sitiada, con una enorme brecha en su muralla. Veía un solitario caballero, de pie, en medio de la abertura, como única defensa de todo el pueblo. Esa fantasía removía su sangre guerrera. Pero lo que había oprimido su corazón en el capítulo, y continuaba aun oprimiéndolo, era el dolorido lamento de la última frase: «…y no encontré ninguno»».

En conversación posterior con su Abad, este le hizo leer un pergamino:

 «Nuestro principal deber es continuar en la tierra lo que los ángeles hacen en el cielo».

Y después le explicaba:

«No has sido traído a este lugar para ser un ángel, hijo mío. Fuiste traído para dar a Dios algo que nadie en los nueve coros de ángeles, ni ninguno de los nueve coros, ni por cierto los nueve coros juntos, podrían dar. No fuiste traído para desempeñar trabajo angélico, ni tampoco trabajo humano, pero sí trabajo divino. No estás aquí para convertirte en otro Miguel, Gabriel o Rafael, hijo. ¡Estás aquí para ser otro Cristo! Estamos aquí para ser hombres crucificados; pues es a Cristo a quien debemos imitar. Él no solamente alababa y agradaba a Dios, sino que salvó a los hombres. Él era el Hombre que se mantuvo en la brecha, ¿no es así?»

Y Roberto concluyó:

«—Ahora veo que hay una vocación más alta que la de imitar a San Benito. Tengo que imitar a Jesucristo. Nosotros, los monjes, debemos mantenernos en la brecha como se mantuvo El».

Todo este texto, me hace reflexionar sobre el sentido de las palabras «reconstruir la muralla de Jerusalén». Nosotros también debemos estar en la brecha, en nuestro trozo de muralla, para ser Cristo. «Vivo, pero no soy yo el que vive, sino Cristo quien vive en mí» nos dice San Pablo en Gálatas 2, 20. Mantenernos en la brecha de la muralla es ser Cristo mismo.

En definitiva, podemos hablar horas y horas, escribir cientos de folios para explicar cómo construir o reconstruir un mundo de Paz; podemos disertar sobre el respeto a los demás, ser sinceros, ayudar a los débiles, ser solidarios con los que más lo necesitan, cuidar a nuestros mayores, respetar la vida. Podemos elaborar muchos discursos inspiradores sobre el respeto a la naturaleza, sobre respetar a los diferentes, sobre ser forjadores de buena convivencia. Pero, en realidad todo esto está contenido en una sola frase: seremos constructores o reconstructores de paz, cuando «seamos Cristo».

Pero, ¿cómo podemos ser Cristo?