Construyendo a un hombre nuevo (II). ¿Quién soy yo?

Seguimos en la tarea de construir en nosotros un «hombre nuevo» a imagen de Jesús. Y para esto, como decíamos en nuestro anterior encuentro, necesitamos conocer cuáles son nuestros cimientos.

¿Quién no se ha preguntado en algún momento de su vida «quién soy»? Y no porque tengamos «amnesia» y hayamos perdido la memoria; me refiero al momento normal en la vida de cada uno en el proceso de nuestro crecimiento, donde vamos tomando conciencia de nosotros mismos, de nuestra pertenencia a un mundo complejo, y de nuestra trascendencia, nuestra relación con Dios.

Algunas personas no llegan a conocer quizá por falta de referentes, de «testigos», al Dios-Amor que ha dado su vida por nosotros; a unos su reflexión les lleva a concluir que debe existir «algo», quizá el «Dios desconocido» de los griegos; o bien asumen que es «alguien lejano», ajeno a nuestras vidas; o simplemente no existe; o encuentran respuestas desde la filosofía o el materialismo.

Otros hemos tenido el privilegio de que nos hablaran de Dios, hemos podido conocerlo no solo intelectualmente sino sobre todo en el corazón, y esto nos ha ayudado a «reconocernos» en Él, y a buscar en Cristo la «imagen» de lo que debemos ser.

Pero no quiero ahondar en este momento en nuestro ser trascendente. Aunque es cierto que el principal cimiento en el que crecemos y nos desarrollamos como personas es el Amor de Dios: un Amor manifestado en Cristo.

Nuestra realidad.

«Quiénes somos», «en qué creemos», «hacia dónde vamos», son preguntas que nos ayudan a marcar nuestro camino.

Si no tenemos claro en qué creemos, iremos dando tumbos por la vida, siguiendo al «líder» de turno, y obedeciendo los intereses de otros.

Si no sabemos hacia dónde vamos, corremos el riesgo de quedarnos en la «estación», sin hacer nada, porque estaríamos desconociendo nuestro destino; caminaríamos sin rumbo, en círculos, sin avanzar, como el que se mete en una rotonda con el coche y no sale de ella porque no tiene claro qué salida escoger.

Si no sabemos quiénes somos, si no nos conocemos a nosotros mismos, nuestro presente se convierte en una verdadera «caja de sorpresas».

Cuando era joven me preguntaba cómo forjar mi personalidad, cómo descubrir mi visión sobre los temas trascendentales. La respuesta me vino así: «lee, fórmate, adquiere conocimiento sobre la vida, sobre la cultura, aprende, forja tu mente: en el camino descubrirás la verdad, «tu verdad», la verdad sobre ti mismo».

Y descubrí la importancia de la educación, de la cultura, del conocimiento, para alcanzar la libertad de elegir, y para poder conocerme a mí mismo, para ser yo mismo; y a nivel de fe poder reconocer el modelo al que quiero parecerme, el modelo sobre el que fui forjado, que es Cristo, y al que aspiro imitar, como dice Pablo: «Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo» (1 Corintios 11, 1).

Solo cuando madure y avance en el sentido de las cosas, seré capaz de discernir, de decidir:

  • podré elegir entre el bien y el mal, cuando conozca qué es lo moralmente bueno,
  • podré elegir una vocación, un camino, cuando conozca las alternativas que tengo,
  • podré elegir qué ver en la televisión, qué comida hacer, qué libro leer, cuando conozca las ofertas, las posibilidades,
  • podré decidirme por un banco concreto, el servicio de un profesional o un comercio, cuando conozca las ofertas de cada uno y pueda elegir lo más conveniente,
  • podré…, en definitiva: seré plenamente libre cuando conozca las opciones que tengo.

Es más cómodo no tener opciones, me resulta más fácil si ya me facilitan la respuesta que debo dar, menos comprometido si no tengo que enfrentarme a mis miedos, a mis limitaciones y debilidades. Y cuando he asumido una opinión, sin conocer el resto de las opciones, la defiendo hasta con cierta violencia, porque en el fondo no sé cómo justificarla, y la impongo ante los demás sin permitir un diálogo; no queremos aparecer como débiles ante los demás.

Para poder ser fuertes, dialogantes, hemos de ser capaces de reconocer nuestras debilidades, reconocer que no sabemos de todo, asumir que necesitamos de los demás.

Y reconocer ante Dios y ante nosotros mismos nuestras debilidades; porque el «hombre nuevo» no se construye sobre utopías ni sobre hombres «perfectos» y sin tacha, sino sobre nuestros errores, nuestros fracasos que, con el tiempo, se  transforman en estiércol, en alimento para la tierra, para «nuestra tierra».

Y, como enseña Pablo: «»Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad». Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Corintios 12, 9-10).

Construyendo a un hombre nuevo (I). ¿Por qué somos tan vulnerables?

Que fácil sería todo si fuéramos plenamente conscientes de que somos «parte de Dios», destellos de su gloria (Mantenerse en la brecha II). Viviendo en y para el Señor, las cosas se ven, se viven diferente, como en otra realidad, la Realidad.

Pero la verdad es que nos dejamos llevar, con relativa facilidad, por nuestras debilidades, por las sombras que nos atenazan; dejamos de sonreír, nos enfadamos, nos crispamos, perdemos el brillo en nuestra mirada, y nos dejamos llevar por sentimientos que nos resultan dañinos. Nos pasa  como a San Pablo: «En efecto, no entiendo mi comportamiento, pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco» (Romanos 7,15).

Se supone que tenemos claro qué hemos de hacer, que somos fuertes en nuestras convicciones; como cristianos conocemos el mandato del amor, la necesidad de la paz, de la concordia, del respeto; pero lo cierto es que, a la primera de cambio el mundo exterior nos seduce hacia la violencia, el juicio, el rencor, las malas palabras. Las noticias, acontecimientos o situaciones adversas de cada día nos quitan la paz con la que debemos vivir, y parece como si se derrumbara todo el mundo a nuestro alrededor.

¿Por qué somos tan vulnerables?¿Por qué cambiamos tanto de criterios o de estado de ánimo?

Un signo muy patente de nuestra debilidad es la facilidad con la que nos dejamos influir por las noticias que nos llegan a través de los medios, directamente o a través de personas que nos las cuentan de segunda mano. Muchas veces no son meras noticias, sino opiniones que manipulan nuestro pensamiento. No tratamos siquiera de discernir, de la manera más elemental, para distinguir los «hechos» de las «opiniones». Y después respondemos con rotundidad, defendiendo lo que simplemente hemos escuchado: «Esto es cierto, lo han dicho las noticias». Persuadidos de que somos consumidores de información, no nos damos cuenta de que más bien estamos consumidos por ella.

Nos falta espíritu crítico, para poder distinguir entre la verdad y las «verdades», es decir, las opiniones personales; necesitamos conocer y afianzar los pilares de nuestra vida, para no ser como la veleta que gira en la dirección del viento, de vientos distintos. Sí, es más fácil y cómodo dejarse llevar, pero también es contraproducente para nuestra identidad, porque, al final, no sabemos realmente quiénes somos.

    • Si decimos que somos cristianos, ¿cómo somos capaces de juzgar, criticar, agredir verbalmente a alguien?
    • Si nos identificamos como hombres de Esperanza, ¿cómo es que, con facilidad, mantenemos un rostro triste o enfadado?
    • Si estamos llamados a ser Luz, ¿por qué no iluminamos?
    • Si . . .

Necesitamos, para construir un hombre nuevo a imagen de Jesús, conocer primero quiénes somos, cuáles son nuestros cimientos, nuestros valores, los pilares de nuestra vida.  Pero,  ¿cómo podemos hacerlo?

Te invito a emprender el camino juntos.

¿Te atreves?

 

Mantenerse en la brecha (II)

Concluíamos nuestro encuentro anterior con las siguientes palabras:

«Seremos constructores o reconstructores de paz, cuando «seamos Cristo». Pero, ¿cómo podemos ser Cristo?».

San Pablo nos dice: «Vivo, pero no soy yo el que vive, sino Cristo quien vive en mí» (Gálatas 2, 20). Este es el sentido por el que queremos transitar en la respuesta a esta sencilla pregunta.

En el fondo, las palabras de San Pablo a los Gálatas nos muestran la esencia del camino del cristiano, discípulo de Cristo: imitarle a Él, hacer vida su Palabra, tener los “sentimientos de Cristo Jesús” (cfr. Filipenses 2,5). “Ser Cristo” quiere decir que lo descubran a Él cuando nos miren a nosotros, que escuchen sus Palabras cuando hablemos, que sientan su Abrazo cuando consolemos al hermano que llora.

“Llegar a ser Cristo” implica imitarle en lo que Él nos enseñó, que podemos encontrarlo en los Evangelios. Conocemos el mensaje, y ponemos nuestro empeño en vivirlo.

Pero, en esta ocasión, me gustaría ir más allá en la respuesta a la pregunta “cómo podemos ser Cristo”, aportando una nueva perspectiva.

Dice la Palabra de Dios que el hombre fue creado a imagen de Dios (cfr. Génesis 5, 1); esto quiere decir que estamos hechos a imagen de Jesucristo: «Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos» (Romanos 8,29). Él es el modelo, y por eso el fin de nuestra vida debe ser imitarle, “parecernos a Él”.

Pero, aun habiendo sido creados a imagen de Jesús, la verdad es que no somos todos iguales entre nosotros. Somos diferentes, muy diferentes, como obras de arte realizadas con “moldes únicos”. ¿Cómo es esto posible? Parece un contrasentido.

Podemos llegar a la conclusión de que somos iguales en lo que heredamos de Jesús, y diferentes en nuestra parte humana. Nos une la capacidad de amar, por ejemplo, porque es esencia de Dios, pero me diferencian de mi hermano mis cualidades humanas, propias, diferentes.

Pero también hay en nosotros una parte “divina” que nos diferencia. Cada uno de nosotros recibe de Dios unos talentos, una parte de la esencia de Dios que Él ha puesto en nosotros. Los talentos “son” a su imagen. Es una parte de la esencia divina que Él comparte con nosotros. Son los “destellos de Dios”, con los que, cuando los hacemos realidad en nosotros, reflejamos su gloria, su sonrisa, su alegría, su amor.

Cuando tomamos entre las manos los 10, los 5 o el único talento de la parábola (cfr. Mateo 25, 14-30), y los hacemos fructificar, estamos haciendo relucir en el mundo los “reflejos de Dios”; y como solo tenemos una parte de esa esencia, cuando caminamos junto a nuestros hermanos, entre todos hacemos relucir la Luz de Dios en toda su plenitud. Por eso nos necesitamos, nos completamos unos a otros.

Si por el contrario mantenemos escondidos en la inactividad estos talentos, nunca reflejaremos la luz de Cristo en el mundo, no seremos reflejos, destellos de Dios. Si nos quedamos encerrados en nosotros mismos estamos enterrando nuestros talentos, estamos enterrando a Cristo mismo, estamos menospreciando su luz, porque impedimos, con nuestra cobardía y negligencia, que su Luz resplandezca.

El don que recibimos, como reflejo del mismo Cristo, es el regalo de Dios para que podamos «ser Cristo». Las manos, por ejemplo, de un cirujano, puestas al servicio del enfermo como instrumento de Dios, permiten al paciente vivir en su cuerpo la caricia de Dios mismo, porque es Cristo sanador, en la persona del médico, quien le opera.

Tenemos, según esta reflexión, dos opciones en nuestra vida:

Si el centro de nuestra vida somos nosotros mismos, si no dejamos que Cristo brille en nosotros, perderemos la esencia de nuestro ser espiritual; y así nunca seremos constructores de Paz, porque no seremos “Cristo”.

Por el contrario, si hacemos como el siervo de la parábola: «El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco» (Mateo 25, 16), estamos dejando crecer a Cristo en nosotros, compartiendo la sonrisa de Dios en nuestros labios, alegrando el corazón de los hombres con la Alegría de Dios, sirviendo a los necesitados con las manos de Dios, porque son sus talentos, y con ellos lo hacemos presente a Él. «Ya no soy yo, es Cristo que vive en mí».

Los “destellos de Dios” que recibimos son un verdadero regalo con los que Dios mismo comparte con nosotros parte de sí mismo, nos permite «vivir en Cristo», nos hace posible “ser Cristo”, y, por tanto “constructores, reconstructores de Paz”.

Mantenerse en la brecha (I)

En nuestro último encuentro de este blog hablábamos de la muralla de Jerusalén, cambiando el término “construir” por el de “reconstruir”. Y hacíamos referencia al libro de Nehemías. En aquellos días, me emocionó especialmente leer en este libro el relato de la realización del trabajo: «Después de él, Baruc, hijo de Zabay, restauró otro tramo, desde el ángulo hasta la puerta de la casa del sumo sacerdote Eliasib. A continuación, Meremot, hijo de Urías, hijo de Hacós, restauró el tramo siguiente, desde la puerta de la casa de Eliasib hasta el extremo de la casa de Eliasib. Después de él trabajaron en la restauración los sacerdotes que habitaban en la llanura. Luego, Benjamín y Jasub trabajaron en la restauración frente a su casa. A continuación, Azarías, hijo de Maasías, hijo de Ananías, restauró el tramo junto a su casa» (Nehemías 3, 20-23). Esta descripción me mostró un pueblo unido, con una tarea común, cada familia en su brecha, en su tramo, codo con codo, como un solo pueblo.

La lectura de este fragmento, del que solo copio una parte como muestra, me trajo al recuerdo un fragmento del libro «Tres monjes rebeldes» de M. Raymond, que relata, con un formato de novela, la historia de los fundadores de la Orden del Císter.

En relación al primero de ellos, Roberto de Molesmes, transcribo unos fragmentos de la novela, donde relata su reflexión tras escuchar a su abad en la enseñanza de la mañana:

«”Busqué… un hombre… que se mantuviera en la brecha, delante de mí, en defensa de la tierra, para que yo no la destruyera; y no encontré ninguno” (Ezequiel 22, 30).

Estas palabras habían perseguido a Roberto toda la mañana. Le habían hecho imaginar el cuadro de una ciudad sitiada, con una enorme brecha en su muralla. Veía un solitario caballero, de pie, en medio de la abertura, como única defensa de todo el pueblo. Esa fantasía removía su sangre guerrera. Pero lo que había oprimido su corazón en el capítulo, y continuaba aun oprimiéndolo, era el dolorido lamento de la última frase: «…y no encontré ninguno»».

En conversación posterior con su Abad, este le hizo leer un pergamino:

 «Nuestro principal deber es continuar en la tierra lo que los ángeles hacen en el cielo».

Y después le explicaba:

«No has sido traído a este lugar para ser un ángel, hijo mío. Fuiste traído para dar a Dios algo que nadie en los nueve coros de ángeles, ni ninguno de los nueve coros, ni por cierto los nueve coros juntos, podrían dar. No fuiste traído para desempeñar trabajo angélico, ni tampoco trabajo humano, pero sí trabajo divino. No estás aquí para convertirte en otro Miguel, Gabriel o Rafael, hijo. ¡Estás aquí para ser otro Cristo! Estamos aquí para ser hombres crucificados; pues es a Cristo a quien debemos imitar. Él no solamente alababa y agradaba a Dios, sino que salvó a los hombres. Él era el Hombre que se mantuvo en la brecha, ¿no es así?»

Y Roberto concluyó:

«—Ahora veo que hay una vocación más alta que la de imitar a San Benito. Tengo que imitar a Jesucristo. Nosotros, los monjes, debemos mantenernos en la brecha como se mantuvo El».

Todo este texto, me hace reflexionar sobre el sentido de las palabras «reconstruir la muralla de Jerusalén». Nosotros también debemos estar en la brecha, en nuestro trozo de muralla, para ser Cristo. «Vivo, pero no soy yo el que vive, sino Cristo quien vive en mí» nos dice San Pablo en Gálatas 2, 20. Mantenernos en la brecha de la muralla es ser Cristo mismo.

En definitiva, podemos hablar horas y horas, escribir cientos de folios para explicar cómo construir o reconstruir un mundo de Paz; podemos disertar sobre el respeto a los demás, ser sinceros, ayudar a los débiles, ser solidarios con los que más lo necesitan, cuidar a nuestros mayores, respetar la vida. Podemos elaborar muchos discursos inspiradores sobre el respeto a la naturaleza, sobre respetar a los diferentes, sobre ser forjadores de buena convivencia. Pero, en realidad todo esto está contenido en una sola frase: seremos constructores o reconstructores de paz, cuando «seamos Cristo».

Pero, ¿cómo podemos ser Cristo?

¿Construir o reconstruir?

En la portada de nuestra página leemos: “Esta es nuestra contribución para construir una civilización de paz”. Pero dentro de la frase hemos dejado latir una idea clara: no estamos construyendo nada nuevo, sino reconstruyendo el proyecto de Dios.

Cuando hablamos de construir un mundo de Paz, nos olvidamos de muchos siglos de historia de la humanidad y, en concreto, de 21 siglos de historia de la Iglesia, en los que muchos han luchado y trabajado por construir ese Reino de Paz en el mundo. No somos pues los primeros que nos planteamos esa “construcción”; forma parte de nuestra historia.

La humanidad ha alternado de una manera cíclica, como en los tiempos del pueblo de Israel, épocas de acercamiento al Señor, con una fe firme, y otras de dar la espalda a Dios siguiendo otros dioses, otros objetivos. En nuestra vida personal pasa algo semejante; vivimos períodos de cercanía del Señor y, por razones diversas, nos alejamos de Él al experimentar un enfriamiento del corazón, lo que nos conduce a dejarnos arrastrar hacia una vida alejada de Dios.

Leyendo los libros de Esdras y Nehemías, podemos reflexionar sobre el verdadero sentido de la frase “construir un reino de paz y amor”. Al regreso de la deportación a Babilonia, Esdras y Nehemías son enviados a Jerusalén, para encargarse de la tarea de reconstruir las murallas de la ciudad santa. Con grandes esfuerzos y en medio de amenazas, trabajaron con dedicación; por familias se encargaban de la tarea de reparar un tramo de la muralla. Como dice el libro de Nehemías: «Así pues, construimos la muralla y la reparamos del todo hasta media altura, pues el pueblo tenía ganas de trabajar con gran empeño» (Nehemías 4, 6). «Así pues, la muralla se terminó el día veinticinco del mes de elul, después de cincuenta y dos días. Cuando se enteraron nuestros enemigos, el miedo se apoderó de todas las naciones vecinas y se sintieron humillados, porque comprendieron que esta obra había sido realizada con la ayuda de nuestro Dios» (Nehemías 6, 15-16).

Tras el desempeño de estos trabajos, llega el momento de la lectura del libro de la Ley de Dios. Llegado el momento «Esdras abrió el libro en presencia de todo el pueblo, de modo que toda la multitud podía verlo; al abrirlo, el pueblo entero se puso de pie. Esdras bendijo al Señor, el Dios grande, y todo el pueblo respondió con las manos levantadas: «Amén, amén». Luego se inclinaron y adoraron al Señor, rostro en tierra». (Nehemías 8, 5-6) «Leyeron el libro de la ley de Dios con claridad y explicando su sentido, de modo que entendieran la lectura. Entonces el gobernador Nehemías, el sacerdote y escriba Esdras, y los levitas que instruían al pueblo dijeron a toda la asamblea: «Este día está consagrado al Señor, vuestro Dios. No estéis tristes ni lloréis» (y es que todo el pueblo lloraba al escuchar las palabras de la ley)». (Nehemías 8, 8-9)

Reflexionando sobre esta etapa de la Historia de Israel tras el destierro, vemos que no nos toca construir nuestra “Jerusalén”, sino reconstruir su muralla. Porque el mundo ha conocido tiempos de fe y esperanza; hemos podido contemplar una “Jerusalén” llena de belleza; y a nivel personal, hemos gozado de tiempos de experimentar la cercanía de Dios. Después, el enemigo ha destruido nuestras murallas, cuando hemos ido a adorar a otros dioses, dejando nuestra ciudad interior desprotegida, a merced de cualquier doctrina o ideología que llegara a nosotros, y eso nos ha llevado a vivir un tiempo como en una especie de “exilio”.

Pero hoy hemos recibido la invitación de Dios de aunar fuerzas, trabajar juntos, porque somos una familia, un equipo, y esto nos hace fuertes, poniendo piedra sobre piedra, mientras defendemos, como los israelitas, el interior de nuestra ciudad. La muralla que reconstruimos nos protege de nuestros enemigos y crea en el interior de nuestra ciudad un lugar acogedor donde vivir. También la Palabra de Dios nos debe de “hacer llorar”, porque nos muestra la Alianza de Dios con nosotros, su alianza de Amor, que nos lleva a reconocer ante Él nuestros pecados. Porque su Palabra nos habla de Amor, del Amor de Dios por el hombre.

Cuando contemplamos el mundo, hemos de descubrir lo que era antes del vacío de Dios, y luchar por reconstruirlo. No construimos desde cero. La esencia del Amor está grabada en el corazón de los hombres. Solo tenemos que dejarla fluir para que las lágrimas del arrepentimiento limpien las manchas de nuestro corazón.

En nuestro “tiempo de deportación” hemos experimentado el anhelo de Dios, el vacío de su Amor. Su Palabra hoy nos muestra el mensaje de misericordia de Dios, y nos lleva al arrepentimiento. Porque, ¿quién puede escuchar, experimentar que Dios le ama, y quedarse inmóvil sin desear dejarse abrazar por Él? Su Amor nos hace libres, nos transforma: nos empuja a emprender la tarea, como en tiempos de Nehemías, de reconstruir la muralla de nuestra Jerusalén, el Reino de Dios en nosotros y en el mundo.

Hacia la Tierra Prometida

15 de agosto de 2020

«El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres» (Sal 125, 3).

Hoy se cumplen 40 años del día en que el P. Alberto María, nuestro fundador, llegó a la ciudad de Alicante, y comenzó un camino, una nueva experiencia eclesial; para nosotros significa un lugar, una familia, una vocación concreta en la Iglesia.

Hoy se cumplen 40 años del momento en que, en aquella primera casa ubicada en la calle Torres Quevedo de la ciudad de Alicante, el P. Alberto María se arrodilló ante el Señor y le preguntó: «Señor, ¿qué quieres que haga?», y escuchó en su corazón estas palabras: «Tú ocúpate en «estar», que yo te enviaré a las personas a las que quiero que sirvas».

Estas palabras han iluminado todo nuestro camino, porque nos indican la actitud que debemos tener en nuestro servicio a Dios. «Ocúpate en estar»; sí, en Su presencia, de manera orante y confiada, con una esperanza activa; porque no esperamos «ociosos» a las personas a las que debemos de servir, sino en una espera orante, arrodillados ante el Señor, entregando nuestra vida cada día al servicio del Señor.

A lo largo de estos 40 años de historia ha habido experiencias de todos los colores; ha habido errores y aciertos; y ciertamente hemos aprendido más de los errores, hemos aprendido en el sufrimiento, en el fracaso, buscando siempre la voluntad de Dios; hemos gozado con los numerosos signos de la Providencia de Dios, de Su presencia en nuestras vidas. Signos que, como bien nos enseñó el Padre Alberto, debíamos guardar en nuestro corazón, como María, para los tiempos en que no fuera tan patente la presencia de Dios; también hemos experimentado el abrazo de la Iglesia en numerosas ocasiones, su cercanía y su cuidado.

Un número incontable de personas ha pasado por nuestros monasterios; unos han permanecido, otros han seguido su camino tras llevarse lo que el Señor tenía reservado entregarles en nuestras casas; y unos pocos han llegado ya a su destino definitivo, a los pies del Señor, en el Paraíso. Entre ellos naturalmente el P. Alberto María, el primer monje de la Paz, la persona que escuchó la llamada primera, y nos trasmitió una manera de vivir desde el amor de Dios. Su legado espiritual, “por el amor de Dios amad al Señor”, nos empuja a responder con amor al Amor.

 

Cruza el Jordán

Cumplimos 40 años de fundación, los mismos que duró el recorrido de Israel por el desierto; a la luz de la historia del Pueblo elegido descubrimos que el Señor también nos sacó de nuestro “Egipto” para liberarnos de nuestras esclavitudes, nos dio una Ley —una “regla de vida”— y nos ha conducido e instruido a lo largo del camino hasta las puertas de la “tierra prometida”. Y hoy, como a Josué, nos dice: «No te desvíes a derecha ni a izquierda, no tengas miedo ni te acobardes, que contigo está el Señor; pasaréis el Jordán, para ir a tomar posesión de la tierra que el Señor, vuestro Dios, os da en propiedad» (cfr. Josué 1).

Es como si nos dijera: “Al otro lado encontraréis ciudades que conquistar para el Reino de Dios, personas a las que mostrar el rostro del Señor, un mundo que no conoce a Dios; no os contaminéis con las “idolatrías” que el mundo os ofrece, sino edificad un templo en vuestro corazón, cada uno y en comunidad, para que los que no conocen el Nombre de Dios puedan ver la gloria del Señor y se arrodillen a sus pies”.

En este tiempo de increencia, de fomento del individualismo y el materialismo, el Señor nos alienta: “Os he formado para esto, para ofrecer a los hombres un pedazo de cielo donde reencontrarse con Dios, un rincón de paraíso que ayude a los hombres a mirar a Cristo, como modelo a imitar, y reencuentren así el sentido de sus vidas”.

 

Nuestro hoy es nuestro futuro

Durante este Año especial de acción de gracias, cada mes hemos orado por uno de los elementos fundamentales de nuestro carisma; cada elemento es como una pieza de un puzle que, hoy, y unidas por el amor de Dios, uniéndolas con su Amor, nos permite contemplar la obra completa como lo que es: un estilo propio de vida.

Mirando hoy el mundo que nos rodea, donde el ser humano ha perdido de vista su horizonte, donde el amor se desvirtúa, la esperanza se pierde, y la fe en Dios ha quedado sustituida por miles de “estatuas” sin vida, llega a mi corazón el convencimiento de que el Señor nos hizo nacer hace 40 años pensando en el día presente; nos ha conformado como una pequeña comunidad, una familia donde el Amor de Dios quede patente, visible, palpable; para dar Esperanza al hombre sin rumbo, y ayudar a la humanidad a reencontrar la Fe en Dios perdida, olvidada o no conocida.

Un año de acción de gracias termina, pero se abre ante nosotros un presente, una misión: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mateo 28, 19). Nosotros, con nuestra manera concreta de hacer vida la Palabra de Dios, debemos ser testigos de su Amor, para llevar a los hombres a la Fe, transmitiéndoles Esperanza en un mundo “con Dios”.

¿Un mundo sin Dios? ¡Como si eso fuera posible!

Ya sabemos todos que la sociedad en que vivimos nos alienta hacia el materialismo, la dispersión, el consumismo, se nos invita constantemente a la evasión para no afrontar nuestra realidad interior. ¡Un mundo sin Dios!

Nuestro cuerpo siente hambre, sed, cansancio, y si no damos respuesta a estas necesidades, nuestro cuerpo se deteriora, e incluso puede llegar a la muerte. También podemos saciar nuestra hambre o nuestra sed con sustitutivos incompletos; en vez de beber agua, tan necesaria para nuestro cuerpo, podemos pensar que son suficientes los refrescos, cervezas o similares; en vez de comida sana y variada, podemos llenar nuestro estómago con productos de baja calidad proteica, comida poco variada o comida “basura”; en vez de dormir lo necesario, podemos suplir nuestro descanso con energéticos. Parecerá que todo va bien de momento, pero con el tiempo nuestra salud irá deteriorándose sin darnos cuenta.

En nuestra parte espiritual pasa lo mismo. Tenemos necesidad de cuidar nuestro espíritu, de alimentarlo con la lectura de las Escrituras, Sacramentos, oración personal. Pero si apagamos nuestras necesidades espirituales con sustitutivos engañosos, puede parecer que llenamos este vacío, estas necesidades, pero la realidad es que nuestro espíritu se enfría y se aleja del «Dios Amor» que sí que puede llenarnos. Se nos seduce con ideas como: «tú eres el centro», «Dios te ha abandonado», «Jesús solo era un buen hombre fracasado», «la Iglesia está corrompida». Y se nos invita a pensar: «¿para que perder tiempo en lo que no podemos ver? ¡Vivamos el presente, disfrutemos de la vida!”

Es cierto, las realidades espirituales son invisibles a los ojos. No podemos verlas, como no vemos la electricidad ni las ondas telefónicas; no vemos el viento; no vemos a Dios. En realidad, solo percibimos una mínima parte de toda la realidad; vemos lo que queremos ver, o vemos «lo que nos dicen que debemos ver».

Pero la realidad es que somos libres para ver, libres para creer, libres para buscar la Verdad. Dios permanece a nuestro lado, esperándonos siempre. También es cierto que en ocasiones nos alejamos de nuestra realidad creada por Dios, y actuamos por “interés”: solo buscamos al Señor cuando nos interesa, cuando tenemos una necesidad.

  • ¿Tenemos alguien enfermo, o buscamos trabajo, o no me llega a fin de mes?: “¡Señor, ayúdame!”
  • ¿Nos acecha el Covid-19?: “¡Señor, protégeme!”
  • O como los apóstoles en la barca en medio de la tempestad: “¡Señor, sálvanos, que nos hundimos!”

Y mientras suplicamos, mantenemos una vida de miedo y desconfianza encubiertos. Rezamos, pero, verdaderamente, no confiamos en Dios, aunque seguro que afirmamos rotundamente: “tengo fe».

Mientras le pedimos incansablemente en medio de nuestro miedo, resulta que Él está, ha estado todo este tiempo a nuestro lado, nunca se ha separado de nosotros. ¿Un mundo sin Dios? ¿Acaso podríamos alejarlo de nosotros? No, no es posible, porque Él no se va, somos nosotros los que no lo vemos, los que dejamos de orar, de confiar, de ponernos en sus manos; somos nosotros los que cerramos los canales de comunicación con Él, le «colgamos el teléfono». Haciendo uso de nuestra libertad, le cerramos la puerta.

Nuestro anhelo de Dios se apaga, y después nos preguntamos: “¿qué me pasa? ¿dónde está Dios justo en este momento cuando más lo necesito?”. Pregúntate mejor: ¿en qué quiebro del camino me olvidé de Él?

Muchos dicen que Dios no existe, y quieren vivir en un mundo sin Dios. Pienso que son bastante ingenuos. Dios existe, mejor dicho, Dios ES, independientemente de lo que creamos o pensemos; no vayamos a pensar que nosotros somos importantes a la hora de dilucidar sobre su existencia o no existencia. No pensemos que tenemos que darle permiso para SER. Él es quien nos ha creado a nosotros. Nuestra fe en Él no le hace existir; y nuestra increencia no le hace desaparecer.

Dios nos ha creado libres para amar, libres para creer. La manera que usemos esa libertad es lo que nos llevará a vivir una realidad diferente, confiados en Él, felices a su lado, como hijos amados de Dios, abrazados a Él, que nos amó primero. Seremos diferentes, viviremos diferentes.

¿Un mundo sin Dios? No es posible. ¿Una vida sin Dios? Puedes optar por ella. ¿Una vida con Dios? Nos permitirá vivir la vida sin miedo, en la plenitud del Amor, y nos guiará en esta tarea tan importante de construir un Reino de Paz en medio de este “mundo con Dios”.

¿Seguimos aprendiendo?

La vida en sí es un camino de aprendizaje. Aprendemos sobre nosotros mismos, sobre los demás, sobre la naturaleza, sobre Dios; y también aprendemos de los errores. Si nos negáramos a aprender seriamos necios tal como leemos en el Libro de los Proverbios: «El necio piensa que es recto su camino, el hombre sabio escucha los consejos» (Pro 12:15).

Necio es el que se cierra a aprender, quien cierra sus ojos a la vida, necio es quien se cree poseedor de la única verdad; necio es el que se conforma con malvivir con unos «pocos conocimientos» a los que da el valor de «verdad absoluta», y los maneja como si fuera el cúmulo de toda la sabiduría.

Por eso es importante tener la mente abierta para aprender cosas nuevas, y reconocer nuestra ignorancia; hemos de mirar hacia el horizonte de todo lo que nos queda por aprender, de todo lo que nos queda por vivir, porque aprender es vivir, es crecer, es, en definitiva, construir un mundo de Paz.

En estas últimas semanas, nos hemos visto obligados a permanecer en nuestras residencias, a no salir a la calle si no había una circunstancia especial. No ha resultado nada fácil. Ha supuesto un cambio profundo de rutina, de adaptación a unas nuevas circunstancias.

Síndrome de la cabaña.

Ha llegado a mis oídos recientemente el término «síndrome de la cabaña», como algo que hoy está de actualidad. No voy a hablar yo de algo en lo que no soy experto, pero me ha parecido interesante reseñarlo, porque puede ayudarnos a identificar la razón de algunos de nuestros comportamientos, ya que es un fenómeno que pueden padecer personas que han estado en una situación prolongada de aislamiento social.

Hablamos del “síndrome de la cabaña” cuando experimentamos ese miedo a salir a la calle, miedo a contactar con otras personas fuera de las paredes de nuestra casa, temor a realizar actividades que antes eran cotidianas como trabajar fuera de casa, utilizar medios de transporte público, relacionarnos con otras personas conocidas. No se trata de un trastorno psicológico, sino la consecuencia natural, tras un tiempo largo de confinamiento. Nos hemos adaptado a una situación especial, con un claro esfuerzo, y ahora hemos de retomar la vida de antes, abandonando el confort y tranquilidad de nuestro entorno seguro.

Según he leído en distintos medios, no hay unanimidad sobre los síntomas exactos, pero, he visto referencias a: sensación de insatisfacción en el hogar, desasosiego, aburrimiento, irritabilidad y necesidad de romper la rutina, sentirse enjaulado, depresión, soledad, impaciencia, y frustración. Se describe una situación que, a la larga, nos desgasta, pero a la que nos adaptamos, de manera que, a la hora de abandonar el aislamiento cuesta salir del estado de confort y protección.

No sigo redundando sobre el tema; si alguien está interesado en aprender más, puede buscar en Internet la expresión «síndrome de la cabaña».

Cada persona reacciona de manera distinta a todo esto; las circunstancias serán muy diversas en cada hogar. Solo pretendo aportar puntos de reflexión, que nos ayuden a «seguir aprendiendo».

Al margen de todo esto, y buscando responder a la pregunta ¿qué hemos aprendido?, podríamos decir que hemos aprendido a valorar el hogar donde vivimos. En nuestra casa podemos encontrar: hogar, refugio, hospital, consuelo, alimento, descanso, ocio, amor. Es el lugar donde reponemos nuestras fuerzas en el calor del amor familiar, cuando, al caer la tarde, regresamos a nuestro hogar tras una jornada en la que hemos tenido que lidiar con el mundo. En él encontramos el botiquín para sanar las heridas del corazón, el lugar donde ser nosotros mismos, donde poder sentarnos y descansar nuestra mente y nuestro cuerpo, en la armonía y la paz; y, a nivel del cuidado de los hijos, es el «invernadero» donde crecen, como los alimentos, «buenos y saludables», sin sufrir las inclemencias del mundo exterior, recibiendo de los «agricultores», el abono y el agua para fortalecer su crecimiento.

Pero, ¿es así nuestro hogar?

Toda persona necesita ese lugar de reposo y de descanso. Si no lo encontramos en nuestra casa, tenderemos a buscarlo fuera, en lugares de evasión y huida, quizá rodeados de otras personas en una situación semejante a la nuestra. Si no encontramos ese lugar de reposo, nuestra mente, nuestra vida puede llegar a romperse, como cuando forzamos excesivamente una máquina, un motor, o una tabla de madera: al final se rompe. Por eso, desde un punto de vista fisiológico, nuestro cuerpo necesita el descanso, y, desde el espiritual, nuestra alma el reposo en el amor. El hogar es nuestro lugar de referencia.

Si, por el contrario, temo regresar a mi casa porque vivo enfrentado con quien convivo, si retraso mi regreso con cualquier excusa, y estoy más a gusto con los amigos de fuera, entonces «mi hogar no es mi hogar». Y, como decía antes, esto es solo una reflexión, para ayudarnos a «preguntarnos y aprender»; cada persona tiene sus circunstancias particulares con las que tiene que enfrentarse cada día.

En el panorama actual de la sociedad, encontramos dos situaciones contrarias:  la necesidad de salir de casa tras este tiempo de aislamiento, y el miedo a exponernos al mundo exterior, como describíamos antes en el «síndrome de la cabaña». Esto no debe confundirnos. Ni la necesidad de salir implica que no estemos a gusto en casa, ni el miedo a salir nos puede llevar a la conclusión de que nuestro hogar es un paraíso. Lo único que podemos destacar, es que, en situaciones límite como la que hemos vivido, puede potenciarse, para bien o para mal, la realidad de la naturaleza de nuestras relaciones familiares.

Si deseamos que nuestra casa sea un verdadero hogar, si queremos construir un lugar de paz donde morar, si anhelamos que el amor reine entre las personas con las que convivimos, no podemos permanecer ociosos. Al igual que las casas no se construyen solas, sino que necesitan personas cualificadas en la realización de un proyecto, unos cimientos, unas paredes, y un techo, nuestro hogar necesita también de nuestra colaboración en buscar el mejor «proyecto de vida», edificar sobre unos cimientos sólidos basados en la verdad y los valores, en el respeto, la sinceridad, la concordia, la capacidad de escuchar y de servir; construir unos muros sólidos y un techo que nos proteja.

Para edificar lazos de amor entre las personas que forjan un hogar, hemos de tener voluntad de dejarnos moldear por el Alfarero, como dice el libro de Isaías: «Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú nuestro alfarero: todos somos obra de tu mano». (Isaías 64, 8)

Si no queremos que nuestra casa sea un lugar donde brille la «espada» de la confrontación física o verbal, sino mas bien, que siempre portemos instrumentos de paz, hemos de poner nuestro «hierro» en la fragua del Herrero. Dice el libro de Isaías: «De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas». (Isaías 2, 4).

¿Cómo es posible esto que nos anuncia Isaías? Para forjar un arado partiendo de una espada, es necesario que pongamos nuestra «arma» en la fragua, en el calor del amor, porque solo el amor puede hacer dúctil nuestra vida, solo inmersos en el Amor de Dios seremos capaces de cambiar, de transformar nuestra vida en una bendición; solo en la fragua del Amor de Dios, podremos dejarnos moldear por el martillo; pueden dolernos los golpes; es cierto; pero,  solo de esta manera, nuestro ser, nuestro carácter, nuestras virtudes y defectos, podrán ser transformados según el proyecto de Dios, que es Cristo, como dice San Pablo:  «Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo». (1 Corintios 11, 1)

¿Os atrevéis? ¡Vamos! ¡Adelante! Vale la pena.

¿Qué hemos aprendido?

A lo largo de nuestro diario vivir, se nos presentan múltiples ocasiones para aprender cosas nuevas; son experiencias distintas, cambios de rumbo, ocasiones quizá traumáticas o, al contrario, que han generado en nosotros un beneficio. De todo podemos aprender; mejor todavía: de toda experiencia «debemos» aprender.

Es bueno, por tanto, cuestionarnos sobre lo vivido, valorar estas experiencias, para que nos sirvan para nuestro futuro, para no caer en los mismos errores en situaciones semejantes, y enfrentar con más seguridad los contratiempos. Porque, ciertamente, se aprende más de los errores que de los aciertos.

Al finalizar la jornada diaria, tenemos la ocasión de hacer un examen de conciencia de lo vivido, no para vanagloriarnos en lo bien que hemos hecho las cosas, sino precisamente para revisar dónde hemos fallado, y proponernos para el día siguiente iniciativas para mejorar, para actuar de manera más correcta. No es el momento, al caer la noche, de hacer revisión de «toda nuestra vida», sino solo de la jornada vivida, porque si viviéramos constantemente en un auto análisis, buscando el sentido de nuestra existencia, esto supondría para nosotros un “no-vivir”, anclados en la pregunta constante «Señor, ¿qué quieres de mi?», mientras permanecemos en la comodidad de un «presente sin cambios».

En definitiva, cada suceso de nuestra vida, nos da la oportunidad de revisar lo aprendido. Y en este tiempo de confinamiento, hemos de preguntarnos también,

¿qué hemos aprendido?

Podemos responder:

  • hemos aprendido a “aplaudir”, a valorar el trabajo de los demás,
  • conocemos un montón de series de la televisión, y estamos al tanto de toda la información de las noticias,
  • hemos aprendido un curso online que tanto tiempo deseábamos cursar,
  • somos capaces de utilizar las nuevas tecnologías para comunicarnos,
  • conocemos la cantidad de baldosas de nuestro pasillo, los muelles de nuestro sillón preferido y las imperfecciones de la pintura de la pared del salón.

O podemos ser un poco más profundos:

  • las personas con las que convivo son muy buenas, o son absolutamente insoportables,
  • estoy muy a gusto en mi casa, o ya no soporto más vivir confinado,
  • hay mucha solidaridad en mi barrio, o cada uno hace lo que quiere, sale cuando quiere y se ha saltado la cuarentena cuando le ha dado la gana,
  • he tenido tiempo de rezar en familia, y de valorar los sacramentos, o veo a Dios como un ser lejano que no nos ha cuidado en este tiempo de sufrimiento.

Bien, cada uno desde su perspectiva puede responder, pero estas respuestas “genéricas” no me dan la posibilidad de cambiar, de ser diferente, de ser mejor. Quizá hemos enfocado mal la pregunta. Vamos a re-definirla:

¿qué he aprendido sobre mí mismo?.

Afrontando el primero de los puntos, cuando pienso en la persona con la que convivo, puedo pensar que es buena, y todo va bien, o puedo considerarla absolutamente insoportable, juzgar lo que hace y pedir explicaciones por su actitud hacia mi.

Un tiempo prolongado de convivencia tan intensa puede llevarnos a extremos dramáticos (en algún titular se habla del aumento de divorcios en el tiempo de confinamiento), o puede ayudarnos a conocernos más, a amarnos más, a fortalecer nuestras relaciones. El secreto radica en la pregunta que nos estamos haciendo; cuando se genera un conflicto de relación no podemos preguntarnos «qué tiene que cambiar esta persona para que yo la acepte», sino «¿qué he de cambiar en mí?», ¿qué hay en mí que está haciéndome imposible llevar una relación sana?

Es frecuente que busque en el otro la razón de una mala convivencia: «me mira mal, me responde mal, no me trata como merezco, me ignora, me molesta su voz, siempre me está organizando la vida, me manda, me maltrata, no tiene en cuenta mis gustos, no cocina a mi gusto, cambia el canal de la televisión sin preguntarme». La culpa “siempre es de los otros”.

Si quiero responder correctamente a la pregunta «qué he aprendido de mis mismo para entender la razón de mis problemas de convivencia», no puedo responder echando las culpas a los demás, sino asumiendo mi responsabilidad, meditando sobre mis actitudes, mi capacidad de cambiar, de perdonar, de valorar, de comprender y aceptar a los demás como son, mi capacidad de renunciar a mi mismo por el otro, de morir a mi mismo, como hizo Jesús, por la felicidad de mis semejantes. He de asumir el reto de cambiar mi comportamiento, mi manera de proceder; para eso se aprende, para corregir nuestros errores.

Si en este tiempo he visto que las personas con las que convivo son buenas, no es porque hayan mejorado ellas, sino porque «he aprendido» a valorarlas, a perdonarlas, a ver lo bueno que hay en ellas.

Todavía estamos a tiempo. Preguntémonos sobre lo que estamos dispuestos a hacer, a renunciar. Preguntémonos sobre lo que hemos aprendido sobre nosotros mismos, nuestras debilidades y deficiencias. Y afrontemos nuestro futuro… mejor, nuestro «día a día» con Esperanza, con Fe, y sobre todo, con mucho Amor.

Seguimos.

El camino es el amor

El estribillo del himno de la Jornada Mundial de la Juventud de Buenos Aires 1987 dice así: «Un nuevo Sol se levanta sobre la nueva civilización que nace hoy. Una cadena más fuerte que el odio y que la muerte. Lo sabemos: el camino es el amor» (JMJ Buenos Aires, 1987).

Hay veces que podemos caminar sin rumbo, como perdidos, y cuando llegamos a un obstáculo pensamos que hay que cambiar de dirección; y cambiamos hasta la siguiente «pared»; caminamos allá donde nos dirigen nuestros pies, dentro de un laberinto sin salida, porque los obstáculos nos parecen insalvables.

En este camino sin rumbo, encontramos personas a las que amamos, y otras a las que rechazamos, y pensamos que actuamos “libremente” cuando elegimos odiarlas. También encontramos situaciones, tareas, ocasiones de ayudar a otros, ocasiones de juzgar lo que nos rodea. Y a veces enfrentamos estas realidades de manera positiva, y en otras reaccionamos de manera incontrolada generando discordia, insulto, enfados, discusiones, que nos dañan por dentro, porque dejan un residuo de amargura en nuestro espíritu. Cuando volvemos a un estado de serenidad, a veces recordamos nuestras “salidas de tono”, y nos parece inaudito lo que hemos logrado decir o hacer.

En este tiempo de crisis hemos podido ser testigos de grandes muestras de solidaridad, unidad y apoyo, que ciertamente contagian y dan esperanza. ¿Quién ha visto una buena acción o muestra de solidaridad y no ha sentido emoción y alegría?

Pero también hemos visto situaciones de agresividad verbal, violencia, abandono, hostigamiento, que contrastan profundamente con las situaciones anteriores, y crean ansiedad dolor y tristeza. Una persona que es ejemplo de paz y concordia puede sorprendernos, por ejemplo, con una dolorosa “creatividad” lingüística mientras conduce su coche, con una agresividad inusitada. Y nos preguntamos: ¿por qué podemos llegar a actuar de maneras tan diferentes, tan opuestas?

El camino es el amor

Dice el libro del Génesis: «Dios creó al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Gn 1, 27). Y como «Dios es amor» (1 Jn 4,8), se concluye que, en nuestra naturaleza radica, vive el Amor. No un amor puntual, de hacer obras de caridad o limosnas, no un amor egoísta (en el fondo eso no es amor, es egoísmo). El único y verdadero amor que es real es el que Jesús nos mostró con su vida. El nos mostró al Padre: «Quien me ha visto a mí ha visto al Padre» (Juan 14, 9). Y con su entrega en la cruz nos dejó el ejemplo del verdadero sentido del Amor. Un amor que perdona, que se entrega, un amor que se da a sí mismo, que muere por el otro.

El camino del amor debe de llevarnos a:

    • Cuidar, proteger, escuchar a nuestros semejantes.
    • Caminar al lado de ellos, velando su camino.
    • Respetar a nuestros mayores, hijos, padres, hermanos, vecinos, amigos.
    • No dejar que otros te digan a quien hay que insultar odiar, o criticar.
    • Ser consciente de que construimos juntos un mundo mejor.
    • Amar, que es morir por el otro.
    • No buscar mi propio placer y comodidad.
    • Reconocer que somos falibles, reconocer nuestros errores con humildad.
    • Amar, que es también cuidarme y dejar que me cuiden.

San Pablo lo explica muy bien escribiendo a los Corintios: «El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca» (1 Corintios 13, 4-8).

Si nuestra naturaleza es el amor, y tenemos claro qué es el amor, ¿por qué actuamos de manera tan diversa y contradictoria?

Podemos pensar que somos víctimas de nuestras propias heridas, que nos llevan a mirar a los otros como enemigos, contrincantes, porque nos recuerdan a alguien que nos ha hecho daño: “Me cuesta amarle porque veo reflejado en él toda mi amargura y mi dolor”.

También podemos atribuir la causa a la manipulación a la que estamos sometidos, manipulación de las ideas, de las opiniones: “El sistema marca cómo debo de reaccionar, qué he de pensar u opinar”.

Por otra parte, la razón puede deberse a nuestra propia indeterminación, porque no tenemos una fe y una esperanza determinadas, sólidas; cambiamos del amor al odio según las circunstancias. Y si vemos a alguien que grita e insulta, nos contagiamos y gritamos sin saber la razón. Como cuando vemos a una persona en la calle mirando en una dirección, y vemos que se van juntando personas que miran en la misma dirección, y al final, nosotros mismos también miramos sin saber qué miramos. Eso se llama «contagio de masas».

Para recuperar en nosotros la imagen de Dios, el Amor, necesitamos profundizar en el conocimiento de nosotros mismos, para vencer esas heridas que tanto influyen en nuestro comportamiento; necesitamos saber quiénes somos, cuál es nuestra fe, hacia dónde vamos, cuál es la meta a la que queremos llegar en el «camino de la vida». Cuando afrontamos nuestra vida desde una fe sólida, y tenemos por delante una ruta, una esperanza que vale la pena, encontraremos en Dios y en su Amor nuestro mejor camino, porque el amor verdadero es una opción que va a permitirnos llevar una vida plena y feliz, sin esas variaciones amor-odio que tanto nos destrozan por dentro.

Cuando Jesús quiere encomendar a Pedro el cuidado de la Iglesia, le pregunta por tres veces: Pedro, ¿me amas?, y desde la respuesta de amor, le encarga pastorear, cuidar y proteger. Porque le amamos le servimos, porque le amamos nos encarga ser sus manos para amar a los otros. Y en razón de nuestro amor por Él, confía en nosotros la tarea de amarlo en el otro.

Una sociedad donde las ideas nos separan o quieren separarnos, el amor y la entrega nos une. Es cierto que hay muchas costumbres viciadas en la sociedad, que dañan nuestras relaciones; la palabra «viciadas» viene de «vicio», es decir, mala costumbre; pero las malas costumbres pueden cambiarse; ¿cómo? con una buena costumbre.

Para ello hemos de contemplar la vida de Jesús, así descubrimos muchas expresiones de ese amor que nos deja como legado: cuando cura a los enfermos, perdona a los pecadores, alimenta al hambriento, consuela al triste, acoge y conversa con aquel que es distinto, ama a los que le injurian, perdona a los que le hacen mal, ama incluso al que lo entrega.

Por nuestras obras nos “conocerán”. No en vano, en el camino de Emaús, parte el pan con los discípulos en la posada, y es en ese preciso momento cuando le “reconocen”. No basta con decir que amamos, porque nuestras palabras pueden estar vacías. El camino es el amor, y si nuestra fe y nuestra esperanza están fundados en Dios, nuestros actos serán el reflejo del Amor de Dios, que cambió, cambia y cambiará la faz de la tierra, transformando los corazones de los hombres en imagen de Dios-Amor.

«En una palabra, quedan estas tres: la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor» (1 Co 13, 13).