¿Construir o reconstruir?

En la portada de nuestra página leemos: “Esta es nuestra contribución para construir una civilización de paz”. Pero dentro de la frase hemos dejado latir una idea clara: no estamos construyendo nada nuevo, sino reconstruyendo el proyecto de Dios.

Cuando hablamos de construir un mundo de Paz, nos olvidamos de muchos siglos de historia de la humanidad y, en concreto, de 21 siglos de historia de la Iglesia, en los que muchos han luchado y trabajado por construir ese Reino de Paz en el mundo. No somos pues los primeros que nos planteamos esa “construcción”; forma parte de nuestra historia.

La humanidad ha alternado de una manera cíclica, como en los tiempos del pueblo de Israel, épocas de acercamiento al Señor, con una fe firme, y otras de dar la espalda a Dios siguiendo otros dioses, otros objetivos. En nuestra vida personal pasa algo semejante; vivimos períodos de cercanía del Señor y, por razones diversas, nos alejamos de Él al experimentar un enfriamiento del corazón, lo que nos conduce a dejarnos arrastrar hacia una vida alejada de Dios.

Leyendo los libros de Esdras y Nehemías, podemos reflexionar sobre el verdadero sentido de la frase “construir un reino de paz y amor”. Al regreso de la deportación a Babilonia, Esdras y Nehemías son enviados a Jerusalén, para encargarse de la tarea de reconstruir las murallas de la ciudad santa. Con grandes esfuerzos y en medio de amenazas, trabajaron con dedicación; por familias se encargaban de la tarea de reparar un tramo de la muralla. Como dice el libro de Nehemías: «Así pues, construimos la muralla y la reparamos del todo hasta media altura, pues el pueblo tenía ganas de trabajar con gran empeño» (Nehemías 4, 6). «Así pues, la muralla se terminó el día veinticinco del mes de elul, después de cincuenta y dos días. Cuando se enteraron nuestros enemigos, el miedo se apoderó de todas las naciones vecinas y se sintieron humillados, porque comprendieron que esta obra había sido realizada con la ayuda de nuestro Dios» (Nehemías 6, 15-16).

Tras el desempeño de estos trabajos, llega el momento de la lectura del libro de la Ley de Dios. Llegado el momento «Esdras abrió el libro en presencia de todo el pueblo, de modo que toda la multitud podía verlo; al abrirlo, el pueblo entero se puso de pie. Esdras bendijo al Señor, el Dios grande, y todo el pueblo respondió con las manos levantadas: «Amén, amén». Luego se inclinaron y adoraron al Señor, rostro en tierra». (Nehemías 8, 5-6) «Leyeron el libro de la ley de Dios con claridad y explicando su sentido, de modo que entendieran la lectura. Entonces el gobernador Nehemías, el sacerdote y escriba Esdras, y los levitas que instruían al pueblo dijeron a toda la asamblea: «Este día está consagrado al Señor, vuestro Dios. No estéis tristes ni lloréis» (y es que todo el pueblo lloraba al escuchar las palabras de la ley)». (Nehemías 8, 8-9)

Reflexionando sobre esta etapa de la Historia de Israel tras el destierro, vemos que no nos toca construir nuestra “Jerusalén”, sino reconstruir su muralla. Porque el mundo ha conocido tiempos de fe y esperanza; hemos podido contemplar una “Jerusalén” llena de belleza; y a nivel personal, hemos gozado de tiempos de experimentar la cercanía de Dios. Después, el enemigo ha destruido nuestras murallas, cuando hemos ido a adorar a otros dioses, dejando nuestra ciudad interior desprotegida, a merced de cualquier doctrina o ideología que llegara a nosotros, y eso nos ha llevado a vivir un tiempo como en una especie de “exilio”.

Pero hoy hemos recibido la invitación de Dios de aunar fuerzas, trabajar juntos, porque somos una familia, un equipo, y esto nos hace fuertes, poniendo piedra sobre piedra, mientras defendemos, como los israelitas, el interior de nuestra ciudad. La muralla que reconstruimos nos protege de nuestros enemigos y crea en el interior de nuestra ciudad un lugar acogedor donde vivir. También la Palabra de Dios nos debe de “hacer llorar”, porque nos muestra la Alianza de Dios con nosotros, su alianza de Amor, que nos lleva a reconocer ante Él nuestros pecados. Porque su Palabra nos habla de Amor, del Amor de Dios por el hombre.

Cuando contemplamos el mundo, hemos de descubrir lo que era antes del vacío de Dios, y luchar por reconstruirlo. No construimos desde cero. La esencia del Amor está grabada en el corazón de los hombres. Solo tenemos que dejarla fluir para que las lágrimas del arrepentimiento limpien las manchas de nuestro corazón.

En nuestro “tiempo de deportación” hemos experimentado el anhelo de Dios, el vacío de su Amor. Su Palabra hoy nos muestra el mensaje de misericordia de Dios, y nos lleva al arrepentimiento. Porque, ¿quién puede escuchar, experimentar que Dios le ama, y quedarse inmóvil sin desear dejarse abrazar por Él? Su Amor nos hace libres, nos transforma: nos empuja a emprender la tarea, como en tiempos de Nehemías, de reconstruir la muralla de nuestra Jerusalén, el Reino de Dios en nosotros y en el mundo.

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