Construyendo a un hombre nuevo (VI). Necesitamos compartir nuestra fe.

«Había una vez un barquito chiquitito, que no podía navegar». Algunos recordamos esta canción de nuestra infancia, una canción interminable: «♫♪ Pasaron un, dos, tres, cuatro, cinco, seis semanas y aquel barquito, aquel barquito, aquel barquito navegó…♫♪ y si esta historia parece corta volveremos, volveremos a empezar ♫♪”.

Sí, una historia interminable, porque se volvía una y otra vez al comienzo. Y ¿por qué hago referencia a esta canción? Me ha venido a la mente al comenzar a reflexionar sobre la siguiente etapa de nuestra tarea compartida «construir a un hombre nuevo«.

En nuestros encuentros anteriores constatábamos la necesidad que tenemos de los demás, aunque a veces preferimos vivir la experiencia del individualismo. «Necesitamos personas a quienes amar, servir, cuidar, proteger, con quienes conversar, a quienes obedecer o a quienes guiar» (Necesitamos de los demás-4). También hablábamos sobre la necesidad de una relación personal con Dios, para precisar lo que creemos, “nuestro credo”.

Si unimos ambas necesidades, podemos llegar a una conclusión: entre las personas a quien puedo amar, servir y cuidar, algunas de ellas tienen mis mismas creencias e inquietudes, profesamos una misma fe, caminamos juntos hacia una misma luz, tenemos las mismas dificultades y podemos ayudarnos a superarlas. Caminar con ellas reafirma nuestra identidad personal y también nuestra realidad comunitaria. Esta pertenencia a un grupo de fe es lo que llamamos Iglesia.

Volvemos a la historia del barquito. Cuando la he recordado, me ha sugerido la imagen de tantas personas que navegan por el mar de la vida, buscando un «faro» indeterminado, contando solo con sus “solas fuerzas”. Son naves solitarias, personas individuales o familias que, como «barquitos chiquititos», navegan solas, viven una vida cristiana aisladas de los demás, sin familia espiritual, sin guía, sin pastor ni hermanos, fundamentando su fe solo en las creencias aprendidas en la infancia, contentándose con una práctica semanal como un mero “cumplimiento”, buscando la luz del faro del Señor, pero solos, “solitarios”, envueltos por las olas en la inmensidad del “océano de la vida”, sin el amparo de una familia espiritual con quien compartir la fe, contrastar vivencias, inquietudes y dudas. Si el barco hace aguas, o se estropea el motor, o se pierde el rumbo, no tienen a nadie a quien acudir. Si no saben leer la “ruta de las estrellas” pueden navegar en círculos sin fin, sin avanzar en el camino espiritual. Y si encuentran de pronto una zona tranquila, de bonanza, echan el ancla y, como se dice en términos náuticos, fondean en ese lugar, y disfrutan de una paz temporal que muchas veces se convierte en un acomodamiento espiritual, sin exigencias, sin esfuerzos, sin … viaje.

Esta es la situación de muchos cristianos que caminan solos, con escasa o ninguna interacción con los hermanos en la fe.

Desde el comienzo de la Iglesia, los cristianos conformaron una familia, se necesitaban, se apoyaban: «Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común» (Hechos 2, 44). Oraban juntos, compartían, hacían realidad en sus vidas el mensaje del Evangelio. El amor que les unía era el mejor testimonio evangelizador ante el mundo. Esta realidad de los tiempos apostólicos debería también ser parte de nuestro presente, recuperando el sentido primitivo de la primera comunidad apostólica.

EN PRIMERA PERSONA

Querido lector: me puedes decir que cuando vas a la iglesia a participar de la Eucaristía no eres capaz de encontrar esta sencillez evangélica de los tiempos apostólicos; me dirás que descubres los mimos rostros serios y carentes de vida que encuentras cada semana. Pero yo te diría: encuentras lo mismo que tú llevas. Si llevas amor, encontrarás amor; si eres generoso, encontrarás generosidad; si buscas oración, encontrarás una comunidad orante; si sonríes encontrarás una sonrisa. Pero si vas con desgana y aburrimiento, verás reflejado en tus semejantes la misma actitud que tú llevas contigo.

No busques justificarte en lo que piensas que ves en los demás. Es muy fácil escudarnos en los errores que se han cometido a lo largo de la historia o en la falta de alegría que pensamos que tienen los demás, para justificar nuestra falta de esfuerzo. Cambia, vive, busca. Sonríe y encontrarás una sonrisa; ama y te sentirás amado.

SEGUIMOS

Para construirnos como hombres nuevos necesitamos ser conscientes de que necesitamos sentirnos, sabernos parte de la Iglesia, compartiendo una misma fe, alimentándonos juntos de la Eucaristía, la Comunión y la Palabra (cfr. Hechos 2, 42-47).

Vamos a aplicar todo esto en el ejemplo del «barquito». Necesitamos que nuestro barquito se sienta parte de una flota de barcos, «la Iglesia»; navegar juntos, sentirnos parte de una gran familia. Esta flota está compuesta por miles de barcos que navegan hacia un mismo Faro, la Luz de Jesús. Cada barco mantiene su identidad y carisma personal. Juntos buscan el rumbo, se cobijan unos a otros; si alguien necesita del barco hospital, o del barco escuela, se puede acercar a él; si se vive una situación de conflicto, en la flota hay barcos de consejeros, suministros, terapeutas, sanidad, intercesión, lugares de reposo espiritual; y cada barco desempeña su servicio en bien de toda la flota. Si algún barco se desvía de la ruta o le falla el motor, es remolcado mientras se arregla la avería. Así es la Iglesia: una gran flota de barcos diferentes, diversos, pero que navegan juntos en torno al barco guía, hacia una misma Luz, un mismo horizonte.

Vivimos en la Iglesia; es nuestro hogar, nuestra familia; compartimos una misma fe y esto nos hace más fuertes, más ricos, porque nos enriquecemos con la diversidad de los demás.

LOS ATAQUES

¿Qué pasa hoy en nuestra sociedad cuando se habla de la Iglesia? Se escuchan en los medios de comunicación muchas noticias negativas, opiniones, incluso ataques. Y cuando las escuchamos, “nos escandalizamos de la Iglesia”. ¡Cómo! ¿Nos escandalizamos? Analicemos esto.

En una primera reflexión es importante resaltar que las noticias negativas y los ataques a la Iglesia, muestran solo una ínfima porción de una realidad mucho más grande, llena de héroes anónimos que entregan su vida por Jesús, y que no salen en los medios; no son “noticia”. Huelga recordar, claro, la coherencia y responsabilidad que tenemos de discernir la información, es decir, la necesidad de constatar la veracidad de estas noticias, que, tristemente, rara vez comprobamos. Para las personas que solo se alimentan de esta “realidad” mediática negativa, la opinión que se forjará en ellos, casi sin quererlo, estará totalmente mediatizada.

La Iglesia, nuestra familia, es rica en valores: entrega, sacrificios, solidaridad, generosidad, intercesión, cooperación, escucha, aceptación, abnegación. Cometemos errores, pero nunca dejemos que estos nos impidan ver lo positivo, “que las nubes no nos impidan ver el sol”.

Por otra parte, si nos sentimos Iglesia no nos debemos escandalizar ante el pecado de algunos hermanos, sino que deberíamos avergonzarnos, porque se mancha “nuestra Iglesia”, a la que pertenecemos. Quien se escandaliza está mirando los pecados de los hermanos desde fuera de la Iglesia, como quien “juzga”, como quien dice “ha sido él, no yo”. Quien se avergüenza, experimenta el error del hermano como suyo propio, porque “es su familia”, y por lo tanto tiene la ocasión de pedir perdón, y de ser portador de misericordia.

¿Por qué he sacado a colación el tema de los ataques a la Iglesia?

Imaginemos de nuevo el ejemplo del barquito. La flota de la Iglesia tiene que navegar muchas veces por mares encrespados, en medio de tormentas que originan olas enormes. El pequeño barco vive arropado por el resto de la flota, pero corre peligro de chocar con otros barcos, o alejarse de ellos, perdiéndose en medio de la inmensidad del océano. Se pone a prueba nuestra pericia naviera para mantener el rumbo.

Así pasa también en la vida real: cualquier ataque a la Iglesia nos repercute. Es nuestra familia, creemos en ella (así lo proclamamos en el Credo: Creo en la Iglesia…). Es nuestra responsabilidad contribuir, desde una vida santa, en la tarea de fortalecerla, purificarla, sobre todo desde nuestra oración y nuestro ejemplo.

Creer en la Iglesia supone amarla, respetarla, conocerla; por supuesto, no juzgarla, porque eso te lleva a mirarla desde fuera, como si no pertenecieras a ella; y, sobre todo, asumir nuestra responsabilidad, con nuestro carisma personal y comunitario, para contribuir con nuestra entrega en beneficio de la construcción de un Reino de Paz y Amor en la tierra.

¿Eres Iglesia? ¿Te sientes parte de esta gran familia? ¡Animo! ¡Vívela!

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