Construyendo el hombre nuevo (IV). Necesitamos de los demás.

Hablábamos en nuestro anterior encuentro sobre los valores humanos, lo que nos hace seres humanos y, en consecuencia «divinos», porque nos hace semejantes al Creador. Pero cuando hablamos de amor, confianza, solidaridad, sinceridad, que son valores humanos, nos preguntamos ¿a quién o con quién?

Porque si son valores que nos hacen «humanos», bastaría con vivirlos en la intimidad, nosotros solos. Pero parece que no es así; el sentido de estos valores es que marcan nuestra relación con los demás, con los cercanos y con los lejanos. Cuando decimos que amamos, el destinatario de ese amor puedo ser yo mismo, puede ser Dios, pero también debemos proyectar ese amor hacia nuestros semejantes.

Necesitamos personas a quienes amar, servir, cuidar, proteger, con quienes conversar, a quienes obedecer o a quienes guiar. Sin estas personas, no podemos desarrollar nuestros valores, nuestros talentos, y por tanto tampoco nos construimos como «hombres nuevos».

Si intentas que una vara de madera se mantenga de pie por sí sola, lo primero que pensarías es anclar una parte de la misma en tierra. Eso sería como «ponerle los cimientos». De esto hablábamos en nuestro anterior encuentro. Pero, aunque se mantuviera en pie, su estabilidad será frágil. Un empujón, un golpe de viento la tumbarían. Podríamos aplicar esta analogía a nuestra vida. Si yo soy como esa vara, en soledad, sin relación con nadie, aunque tenga unos cimientos muy sólidos, soy débil, estoy a merced de vientos, tropiezos, empujones; no puedo subsistir solo. Necesito de los demás. Necesitamos de los demás.

Quizá mi digáis que eso ya lo sabéis: somos comunidad humana, vivimos en sociedad, y estamos estructurados como tal, y dependemos los unos de los otros.

Lo sabemos, pero también es verdad que vivimos muchas situaciones donde «no vivimos lo que sabemos que debemos vivir». Sabemos que necesitamos de los demás, pero a la vez actuamos sin contar con ellos; sabemos que debemos ser honrados, pero engañamos; sabemos que debemos confiar, pero dudamos de las personas. ¿Por qué? Porque en el fondo preferimos actuar como seres independientes. Nos incomoda que nos corrijan, preferimos tener la razón, no confiamos en los demás, a pesar de las pruebas que nos han dado de amor y confianza, “creemos” ver enemigos en las personas con las que compartimos casa, trabajo, ocio.

Una visión errada del mundo quiere llevarnos al individualismo, a buscar solo nuestro interés, incluso en perjuicio del interés de los demás. Una visión errada de mí mismo me lleva a auto protegerme para evitar que los cercanos me hieran. Confundimos justicia con venganza, debate con discusión, sabiduría (todo lo sé) con desconfianza (él no sabe), progresar (en el trabajo) con manipular, mentir y robar, y preferimos mantener las distancias con los demás, debilitando así nuestros recursos, nuestra capacidad de vivir y de encontrar la verdad.

En definitiva, preferimos el camino fácil de los «contravalores», justificándonos a nosotros mismos con la idea de que «lo hacen todos» (como si eso fuera una garantía de validez).

La Palabra de Dios nos dice: «Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen» (Lucas 11, 28). Y nos dice también: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Juan 15, 13). La Palabra de Señor nos abre un camino muy sencillo: nuestra vida, nuestra felicidad será plena cuando dejemos de ser nosotros el “centro” del universo, y seamos capaces de ver a Jesús en todos aquellos a quienes se nos han dado la oportunidad de servir, amar y cuidar. «En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mateo 25, 40).

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