¿Seguimos aprendiendo?

La vida en sí es un camino de aprendizaje. Aprendemos sobre nosotros mismos, sobre los demás, sobre la naturaleza, sobre Dios; y también aprendemos de los errores. Si nos negáramos a aprender seriamos necios tal como leemos en el Libro de los Proverbios: «El necio piensa que es recto su camino, el hombre sabio escucha los consejos» (Pro 12:15).

Necio es el que se cierra a aprender, quien cierra sus ojos a la vida, necio es quien se cree poseedor de la única verdad; necio es el que se conforma con malvivir con unos «pocos conocimientos» a los que da el valor de «verdad absoluta», y los maneja como si fuera el cúmulo de toda la sabiduría.

Por eso es importante tener la mente abierta para aprender cosas nuevas, y reconocer nuestra ignorancia; hemos de mirar hacia el horizonte de todo lo que nos queda por aprender, de todo lo que nos queda por vivir, porque aprender es vivir, es crecer, es, en definitiva, construir un mundo de Paz.

En estas últimas semanas, nos hemos visto obligados a permanecer en nuestras residencias, a no salir a la calle si no había una circunstancia especial. No ha resultado nada fácil. Ha supuesto un cambio profundo de rutina, de adaptación a unas nuevas circunstancias.

Síndrome de la cabaña.

Ha llegado a mis oídos recientemente el término «síndrome de la cabaña», como algo que hoy está de actualidad. No voy a hablar yo de algo en lo que no soy experto, pero me ha parecido interesante reseñarlo, porque puede ayudarnos a identificar la razón de algunos de nuestros comportamientos, ya que es un fenómeno que pueden padecer personas que han estado en una situación prolongada de aislamiento social.

Hablamos del “síndrome de la cabaña” cuando experimentamos ese miedo a salir a la calle, miedo a contactar con otras personas fuera de las paredes de nuestra casa, temor a realizar actividades que antes eran cotidianas como trabajar fuera de casa, utilizar medios de transporte público, relacionarnos con otras personas conocidas. No se trata de un trastorno psicológico, sino la consecuencia natural, tras un tiempo largo de confinamiento. Nos hemos adaptado a una situación especial, con un claro esfuerzo, y ahora hemos de retomar la vida de antes, abandonando el confort y tranquilidad de nuestro entorno seguro.

Según he leído en distintos medios, no hay unanimidad sobre los síntomas exactos, pero, he visto referencias a: sensación de insatisfacción en el hogar, desasosiego, aburrimiento, irritabilidad y necesidad de romper la rutina, sentirse enjaulado, depresión, soledad, impaciencia, y frustración. Se describe una situación que, a la larga, nos desgasta, pero a la que nos adaptamos, de manera que, a la hora de abandonar el aislamiento cuesta salir del estado de confort y protección.

No sigo redundando sobre el tema; si alguien está interesado en aprender más, puede buscar en Internet la expresión «síndrome de la cabaña».

Cada persona reacciona de manera distinta a todo esto; las circunstancias serán muy diversas en cada hogar. Solo pretendo aportar puntos de reflexión, que nos ayuden a «seguir aprendiendo».

Al margen de todo esto, y buscando responder a la pregunta ¿qué hemos aprendido?, podríamos decir que hemos aprendido a valorar el hogar donde vivimos. En nuestra casa podemos encontrar: hogar, refugio, hospital, consuelo, alimento, descanso, ocio, amor. Es el lugar donde reponemos nuestras fuerzas en el calor del amor familiar, cuando, al caer la tarde, regresamos a nuestro hogar tras una jornada en la que hemos tenido que lidiar con el mundo. En él encontramos el botiquín para sanar las heridas del corazón, el lugar donde ser nosotros mismos, donde poder sentarnos y descansar nuestra mente y nuestro cuerpo, en la armonía y la paz; y, a nivel del cuidado de los hijos, es el «invernadero» donde crecen, como los alimentos, «buenos y saludables», sin sufrir las inclemencias del mundo exterior, recibiendo de los «agricultores», el abono y el agua para fortalecer su crecimiento.

Pero, ¿es así nuestro hogar?

Toda persona necesita ese lugar de reposo y de descanso. Si no lo encontramos en nuestra casa, tenderemos a buscarlo fuera, en lugares de evasión y huida, quizá rodeados de otras personas en una situación semejante a la nuestra. Si no encontramos ese lugar de reposo, nuestra mente, nuestra vida puede llegar a romperse, como cuando forzamos excesivamente una máquina, un motor, o una tabla de madera: al final se rompe. Por eso, desde un punto de vista fisiológico, nuestro cuerpo necesita el descanso, y, desde el espiritual, nuestra alma el reposo en el amor. El hogar es nuestro lugar de referencia.

Si, por el contrario, temo regresar a mi casa porque vivo enfrentado con quien convivo, si retraso mi regreso con cualquier excusa, y estoy más a gusto con los amigos de fuera, entonces «mi hogar no es mi hogar». Y, como decía antes, esto es solo una reflexión, para ayudarnos a «preguntarnos y aprender»; cada persona tiene sus circunstancias particulares con las que tiene que enfrentarse cada día.

En el panorama actual de la sociedad, encontramos dos situaciones contrarias:  la necesidad de salir de casa tras este tiempo de aislamiento, y el miedo a exponernos al mundo exterior, como describíamos antes en el «síndrome de la cabaña». Esto no debe confundirnos. Ni la necesidad de salir implica que no estemos a gusto en casa, ni el miedo a salir nos puede llevar a la conclusión de que nuestro hogar es un paraíso. Lo único que podemos destacar, es que, en situaciones límite como la que hemos vivido, puede potenciarse, para bien o para mal, la realidad de la naturaleza de nuestras relaciones familiares.

Si deseamos que nuestra casa sea un verdadero hogar, si queremos construir un lugar de paz donde morar, si anhelamos que el amor reine entre las personas con las que convivimos, no podemos permanecer ociosos. Al igual que las casas no se construyen solas, sino que necesitan personas cualificadas en la realización de un proyecto, unos cimientos, unas paredes, y un techo, nuestro hogar necesita también de nuestra colaboración en buscar el mejor «proyecto de vida», edificar sobre unos cimientos sólidos basados en la verdad y los valores, en el respeto, la sinceridad, la concordia, la capacidad de escuchar y de servir; construir unos muros sólidos y un techo que nos proteja.

Para edificar lazos de amor entre las personas que forjan un hogar, hemos de tener voluntad de dejarnos moldear por el Alfarero, como dice el libro de Isaías: «Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú nuestro alfarero: todos somos obra de tu mano». (Isaías 64, 8)

Si no queremos que nuestra casa sea un lugar donde brille la «espada» de la confrontación física o verbal, sino mas bien, que siempre portemos instrumentos de paz, hemos de poner nuestro «hierro» en la fragua del Herrero. Dice el libro de Isaías: «De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas». (Isaías 2, 4).

¿Cómo es posible esto que nos anuncia Isaías? Para forjar un arado partiendo de una espada, es necesario que pongamos nuestra «arma» en la fragua, en el calor del amor, porque solo el amor puede hacer dúctil nuestra vida, solo inmersos en el Amor de Dios seremos capaces de cambiar, de transformar nuestra vida en una bendición; solo en la fragua del Amor de Dios, podremos dejarnos moldear por el martillo; pueden dolernos los golpes; es cierto; pero,  solo de esta manera, nuestro ser, nuestro carácter, nuestras virtudes y defectos, podrán ser transformados según el proyecto de Dios, que es Cristo, como dice San Pablo:  «Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo». (1 Corintios 11, 1)

¿Os atrevéis? ¡Vamos! ¡Adelante! Vale la pena.

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