Construyendo a un hombre nuevo (VI). Necesitamos compartir nuestra fe.

«Había una vez un barquito chiquitito, que no podía navegar». Algunos recordamos esta canción de nuestra infancia, una canción interminable: «♫♪ Pasaron un, dos, tres, cuatro, cinco, seis semanas y aquel barquito, aquel barquito, aquel barquito navegó…♫♪ y si esta historia parece corta volveremos, volveremos a empezar ♫♪”.

Sí, una historia interminable, porque se volvía una y otra vez al comienzo. Y ¿por qué hago referencia a esta canción? Me ha venido a la mente al comenzar a reflexionar sobre la siguiente etapa de nuestra tarea compartida «construir a un hombre nuevo«.

En nuestros encuentros anteriores constatábamos la necesidad que tenemos de los demás, aunque a veces preferimos vivir la experiencia del individualismo. «Necesitamos personas a quienes amar, servir, cuidar, proteger, con quienes conversar, a quienes obedecer o a quienes guiar» (Necesitamos de los demás-4). También hablábamos sobre la necesidad de una relación personal con Dios, para precisar lo que creemos, “nuestro credo”.

Si unimos ambas necesidades, podemos llegar a una conclusión: entre las personas a quien puedo amar, servir y cuidar, algunas de ellas tienen mis mismas creencias e inquietudes, profesamos una misma fe, caminamos juntos hacia una misma luz, tenemos las mismas dificultades y podemos ayudarnos a superarlas. Caminar con ellas reafirma nuestra identidad personal y también nuestra realidad comunitaria. Esta pertenencia a un grupo de fe es lo que llamamos Iglesia.

Volvemos a la historia del barquito. Cuando la he recordado, me ha sugerido la imagen de tantas personas que navegan por el mar de la vida, buscando un «faro» indeterminado, contando solo con sus “solas fuerzas”. Son naves solitarias, personas individuales o familias que, como «barquitos chiquititos», navegan solas, viven una vida cristiana aisladas de los demás, sin familia espiritual, sin guía, sin pastor ni hermanos, fundamentando su fe solo en las creencias aprendidas en la infancia, contentándose con una práctica semanal como un mero “cumplimiento”, buscando la luz del faro del Señor, pero solos, “solitarios”, envueltos por las olas en la inmensidad del “océano de la vida”, sin el amparo de una familia espiritual con quien compartir la fe, contrastar vivencias, inquietudes y dudas. Si el barco hace aguas, o se estropea el motor, o se pierde el rumbo, no tienen a nadie a quien acudir. Si no saben leer la “ruta de las estrellas” pueden navegar en círculos sin fin, sin avanzar en el camino espiritual. Y si encuentran de pronto una zona tranquila, de bonanza, echan el ancla y, como se dice en términos náuticos, fondean en ese lugar, y disfrutan de una paz temporal que muchas veces se convierte en un acomodamiento espiritual, sin exigencias, sin esfuerzos, sin … viaje.

Esta es la situación de muchos cristianos que caminan solos, con escasa o ninguna interacción con los hermanos en la fe.

Desde el comienzo de la Iglesia, los cristianos conformaron una familia, se necesitaban, se apoyaban: «Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común» (Hechos 2, 44). Oraban juntos, compartían, hacían realidad en sus vidas el mensaje del Evangelio. El amor que les unía era el mejor testimonio evangelizador ante el mundo. Esta realidad de los tiempos apostólicos debería también ser parte de nuestro presente, recuperando el sentido primitivo de la primera comunidad apostólica.

EN PRIMERA PERSONA

Querido lector: me puedes decir que cuando vas a la iglesia a participar de la Eucaristía no eres capaz de encontrar esta sencillez evangélica de los tiempos apostólicos; me dirás que descubres los mimos rostros serios y carentes de vida que encuentras cada semana. Pero yo te diría: encuentras lo mismo que tú llevas. Si llevas amor, encontrarás amor; si eres generoso, encontrarás generosidad; si buscas oración, encontrarás una comunidad orante; si sonríes encontrarás una sonrisa. Pero si vas con desgana y aburrimiento, verás reflejado en tus semejantes la misma actitud que tú llevas contigo.

No busques justificarte en lo que piensas que ves en los demás. Es muy fácil escudarnos en los errores que se han cometido a lo largo de la historia o en la falta de alegría que pensamos que tienen los demás, para justificar nuestra falta de esfuerzo. Cambia, vive, busca. Sonríe y encontrarás una sonrisa; ama y te sentirás amado.

SEGUIMOS

Para construirnos como hombres nuevos necesitamos ser conscientes de que necesitamos sentirnos, sabernos parte de la Iglesia, compartiendo una misma fe, alimentándonos juntos de la Eucaristía, la Comunión y la Palabra (cfr. Hechos 2, 42-47).

Vamos a aplicar todo esto en el ejemplo del «barquito». Necesitamos que nuestro barquito se sienta parte de una flota de barcos, «la Iglesia»; navegar juntos, sentirnos parte de una gran familia. Esta flota está compuesta por miles de barcos que navegan hacia un mismo Faro, la Luz de Jesús. Cada barco mantiene su identidad y carisma personal. Juntos buscan el rumbo, se cobijan unos a otros; si alguien necesita del barco hospital, o del barco escuela, se puede acercar a él; si se vive una situación de conflicto, en la flota hay barcos de consejeros, suministros, terapeutas, sanidad, intercesión, lugares de reposo espiritual; y cada barco desempeña su servicio en bien de toda la flota. Si algún barco se desvía de la ruta o le falla el motor, es remolcado mientras se arregla la avería. Así es la Iglesia: una gran flota de barcos diferentes, diversos, pero que navegan juntos en torno al barco guía, hacia una misma Luz, un mismo horizonte.

Vivimos en la Iglesia; es nuestro hogar, nuestra familia; compartimos una misma fe y esto nos hace más fuertes, más ricos, porque nos enriquecemos con la diversidad de los demás.

LOS ATAQUES

¿Qué pasa hoy en nuestra sociedad cuando se habla de la Iglesia? Se escuchan en los medios de comunicación muchas noticias negativas, opiniones, incluso ataques. Y cuando las escuchamos, “nos escandalizamos de la Iglesia”. ¡Cómo! ¿Nos escandalizamos? Analicemos esto.

En una primera reflexión es importante resaltar que las noticias negativas y los ataques a la Iglesia, muestran solo una ínfima porción de una realidad mucho más grande, llena de héroes anónimos que entregan su vida por Jesús, y que no salen en los medios; no son “noticia”. Huelga recordar, claro, la coherencia y responsabilidad que tenemos de discernir la información, es decir, la necesidad de constatar la veracidad de estas noticias, que, tristemente, rara vez comprobamos. Para las personas que solo se alimentan de esta “realidad” mediática negativa, la opinión que se forjará en ellos, casi sin quererlo, estará totalmente mediatizada.

La Iglesia, nuestra familia, es rica en valores: entrega, sacrificios, solidaridad, generosidad, intercesión, cooperación, escucha, aceptación, abnegación. Cometemos errores, pero nunca dejemos que estos nos impidan ver lo positivo, “que las nubes no nos impidan ver el sol”.

Por otra parte, si nos sentimos Iglesia no nos debemos escandalizar ante el pecado de algunos hermanos, sino que deberíamos avergonzarnos, porque se mancha “nuestra Iglesia”, a la que pertenecemos. Quien se escandaliza está mirando los pecados de los hermanos desde fuera de la Iglesia, como quien “juzga”, como quien dice “ha sido él, no yo”. Quien se avergüenza, experimenta el error del hermano como suyo propio, porque “es su familia”, y por lo tanto tiene la ocasión de pedir perdón, y de ser portador de misericordia.

¿Por qué he sacado a colación el tema de los ataques a la Iglesia?

Imaginemos de nuevo el ejemplo del barquito. La flota de la Iglesia tiene que navegar muchas veces por mares encrespados, en medio de tormentas que originan olas enormes. El pequeño barco vive arropado por el resto de la flota, pero corre peligro de chocar con otros barcos, o alejarse de ellos, perdiéndose en medio de la inmensidad del océano. Se pone a prueba nuestra pericia naviera para mantener el rumbo.

Así pasa también en la vida real: cualquier ataque a la Iglesia nos repercute. Es nuestra familia, creemos en ella (así lo proclamamos en el Credo: Creo en la Iglesia…). Es nuestra responsabilidad contribuir, desde una vida santa, en la tarea de fortalecerla, purificarla, sobre todo desde nuestra oración y nuestro ejemplo.

Creer en la Iglesia supone amarla, respetarla, conocerla; por supuesto, no juzgarla, porque eso te lleva a mirarla desde fuera, como si no pertenecieras a ella; y, sobre todo, asumir nuestra responsabilidad, con nuestro carisma personal y comunitario, para contribuir con nuestra entrega en beneficio de la construcción de un Reino de Paz y Amor en la tierra.

¿Eres Iglesia? ¿Te sientes parte de esta gran familia? ¡Animo! ¡Vívela!

Construyendo el hombre nuevo (V). Necesitamos a Dios.

La sociedad en la que nos ha tocado vivir se mueve, y nos empuja, hacia una visión material o materialista de la vida, relegando lo espiritual al «ámbito de lo privado». Esto es lo que se ha dado en llamar «políticamente correcto».

Y es cierto que cada persona debe tener libertad para pensar y sentir, libertad para creer; y por ello, somos todos diferentes en nuestra manera de rezar, de expresarnos, de amar. Nuestras diferencias suponen una riqueza para la sociedad, porque aportamos lo que somos, y nos enriquecemos con lo que los demás nos aportan: juntos somos más fuertes y diversos.

Aplicando este principio al ámbito de nuestras «diferencias» en lo que creemos, podríamos pensar que hay tantas “religiones” o maneras de comunicarse con Dios como personas viven en el mundo. Es una conclusión dentro de la lógica humana. Pero este razonamiento puede inducirnos a un error; llegamos a esto al contemplar la religiosidad del hombre, su relación con Dios, desde el mismo hombre; estamos poniendo al ser humano como punto de referencia, como centro del universo: «lo que yo creo es lo que vale», “yo soy el que define quién es Dios”.

Y lo cierto es que el «centro» no puede ser el hombre, sino siempre Dios. Recordemos las palabras que el Señor le dice a Job: «¿Dónde estabas cuando cimenté la tierra? Cuéntamelo, si tanto sabes. ¿Quién señaló sus dimensiones (¡seguro que lo sabes!) o le aplicó la cinta de medir?» (Job 38, 4-5). Es muy pretencioso que consideremos siquiera que podemos controlar, juzgar, manipular, utilizar a Dios como un sirviente, como si su Esencia, dependiera de “nuestra definición”. Pensamos que tenemos el control de todo lo que manejamos, y también, por tanto, el control de Dios; y así acabamos viviendo sin darnos cuenta de que creemos lo que queremos creer, cuando la realidad es que Él nos creó porque quiso crearnos.

No, la religión nunca se puede plantear desde el hombre. Y me digo a mí mismo: «¡Qué inútil es plantearse una vida sin Dios!».

Todos creemos.

Muchos piensan: «¿Para qué sirve Dios, la fe, la religión? ¿Acaso ayuda en algo? Solo trae complicaciones y obligaciones, y me impide vivir mi vida como quiero vivirla».

Pero lo cierto es que todos tenemos unas creencias que nos guían, que representan nuestra “estructura”, el esqueleto de nuestro pensamiento, una escala de valores construida a partir de unos principios, y que conforma nuestra vida. Es como en el cuerpo humano; tenemos un esqueleto que nos permite mantenernos de pie. Si nos faltara ese esqueleto, nuestro cuerpo caerá flácido al suelo. Y si nuestros huesos fueran frágiles como el cristal, nuestra vida estaría siempre en riesgo ante cualquier golpe o caída. Tenemos, necesitamos tener algo en que creer.

Unas personas prefieren basar su vida en pensamientos filosóficos; otros adoran a un solo dios: ellos mismos; otros prefieren poner todo el sentido de sus vidas en la tecnología, y viven pendientes de su «pantalla»; otros basan su vida en «tener», ganar dinero. En el fondo todos basamos nuestra vida en unos principios, un fin. Para algunos, es un fin material, caduco, efímero, y para otros, un fin supremo que trasciende al hombre.

El título de este artículo nos lleva a deducir que, para construir el hombre nuevo en nosotros, necesitamos a Dios, no simplemente una filosofía o un fin material. El hombre nuevo nace desde Jesús, que, como ya dijimos hace algún tiempo, es el modelo desde el cual fuimos creados.

Pero basta de teorizar. Más que describir las diversas situaciones, mejor es compartir en estos párrafos mi experiencia personal.

Y entonces, ¿en quién creo yo?

Yo creo en Aquel que me ha dado la vida, que me amó desde el principio, que pensó en mí para entregarme su amor; Él creó el mundo, los planetas, los mares, las montañas, los ríos, los árboles, para darme un lugar donde vivir. No me creó solo, porque sabía que necesito amar y ser amado por persona semejantes a mí que hicieran visible y tangible el amor que me ha regalado. Creo en Jesús, que me mostró el Amor más grande sufriendo una muerte injusta para salvarme y mostrarme el Camino, la Verdad y la Vida. Creo que Él me lo ha dado todo para que yo también lo dé todo por los demás. Creo que Él ha decidido morar en mí llenándome de su Santo Espíritu para completarme y hacerme capaz de Él. Creo que Él vive a mi lado, a nuestro lado, como luz que me guía, como muralla que me protege, como aliento de vida, como descanso del corazón, como consolador y fortaleza; y creo que me espera preparando para mí un lugar en el Paraíso, donde, libre de todas las cargas, pueda pasear junto a Él y junto a los que han llegado antes que yo, gozando de su presencia y de su paz.

Sí, creo. Y mi fe da aliento a mi vida, me permite ser fuerte cuando hay dificultades, me hace sentirme acompañado siempre, porque sé que mora en mí; y me permite mirar al futuro con esperanza, sin miedo, en el anhelo del día en que nunca me separe de Él.

Creo. ¿Y tú? ¿Crees? ¿En quién crees?

Construyendo el hombre nuevo (IV). Necesitamos de los demás.

Hablábamos en nuestro anterior encuentro sobre los valores humanos, lo que nos hace seres humanos y, en consecuencia «divinos», porque nos hace semejantes al Creador. Pero cuando hablamos de amor, confianza, solidaridad, sinceridad, que son valores humanos, nos preguntamos ¿a quién o con quién?

Porque si son valores que nos hacen «humanos», bastaría con vivirlos en la intimidad, nosotros solos. Pero parece que no es así; el sentido de estos valores es que marcan nuestra relación con los demás, con los cercanos y con los lejanos. Cuando decimos que amamos, el destinatario de ese amor puedo ser yo mismo, puede ser Dios, pero también debemos proyectar ese amor hacia nuestros semejantes.

Necesitamos personas a quienes amar, servir, cuidar, proteger, con quienes conversar, a quienes obedecer o a quienes guiar. Sin estas personas, no podemos desarrollar nuestros valores, nuestros talentos, y por tanto tampoco nos construimos como «hombres nuevos».

Si intentas que una vara de madera se mantenga de pie por sí sola, lo primero que pensarías es anclar una parte de la misma en tierra. Eso sería como «ponerle los cimientos». De esto hablábamos en nuestro anterior encuentro. Pero, aunque se mantuviera en pie, su estabilidad será frágil. Un empujón, un golpe de viento la tumbarían. Podríamos aplicar esta analogía a nuestra vida. Si yo soy como esa vara, en soledad, sin relación con nadie, aunque tenga unos cimientos muy sólidos, soy débil, estoy a merced de vientos, tropiezos, empujones; no puedo subsistir solo. Necesito de los demás. Necesitamos de los demás.

Quizá mi digáis que eso ya lo sabéis: somos comunidad humana, vivimos en sociedad, y estamos estructurados como tal, y dependemos los unos de los otros.

Lo sabemos, pero también es verdad que vivimos muchas situaciones donde «no vivimos lo que sabemos que debemos vivir». Sabemos que necesitamos de los demás, pero a la vez actuamos sin contar con ellos; sabemos que debemos ser honrados, pero engañamos; sabemos que debemos confiar, pero dudamos de las personas. ¿Por qué? Porque en el fondo preferimos actuar como seres independientes. Nos incomoda que nos corrijan, preferimos tener la razón, no confiamos en los demás, a pesar de las pruebas que nos han dado de amor y confianza, “creemos” ver enemigos en las personas con las que compartimos casa, trabajo, ocio.

Una visión errada del mundo quiere llevarnos al individualismo, a buscar solo nuestro interés, incluso en perjuicio del interés de los demás. Una visión errada de mí mismo me lleva a auto protegerme para evitar que los cercanos me hieran. Confundimos justicia con venganza, debate con discusión, sabiduría (todo lo sé) con desconfianza (él no sabe), progresar (en el trabajo) con manipular, mentir y robar, y preferimos mantener las distancias con los demás, debilitando así nuestros recursos, nuestra capacidad de vivir y de encontrar la verdad.

En definitiva, preferimos el camino fácil de los «contravalores», justificándonos a nosotros mismos con la idea de que «lo hacen todos» (como si eso fuera una garantía de validez).

La Palabra de Dios nos dice: «Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen» (Lucas 11, 28). Y nos dice también: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Juan 15, 13). La Palabra de Señor nos abre un camino muy sencillo: nuestra vida, nuestra felicidad será plena cuando dejemos de ser nosotros el “centro” del universo, y seamos capaces de ver a Jesús en todos aquellos a quienes se nos han dado la oportunidad de servir, amar y cuidar. «En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mateo 25, 40).

Construyendo a un hombre nuevo (III). Jesús es nuestro modelo.

Seguimos en la tarea de construir un hombre nuevo, de construirnos. Descubrir nuestra realidad, lo que somos, es solo un primer paso, como si a un pintor le diéramos un lienzo vacío, con sus imperfecciones en la trama de la tela, pero con una superficie esperando recibir las pinturas de color que harán surgir la imagen, la creación del artista. Para dar un paso hacia delante en este proyecto, necesitamos reconocer, descubrir en nosotros los pilares que, como en cualquier construcción, serán la «roca firme» donde sustentar todo el edificio. Hablamos de los “valores humanos”.

Pero, ¿qué son los valores humanos?

Podríamos definirlos como cualidades de cada individuo que le llevan a comportarse de una forma determinada y que definen sus prioridades en la vida. También podríamos decir que son el conjunto de virtudes que posee una persona, que le mueven a comportarse de una manera determinada, que regulan su conducta, y le permiten diferenciar entre lo que está bien y lo que está mal, decidir lo que debe o no debe hacer y discernir lo justo de lo injusto.

Pero yo iría más allá. Los valores humanos son las cualidades que nos hacen ser semejantes a Dios, y por eso nos hacen ser “plenamente hombres”.

Encontramos en el libro del Génesis: «Dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los ganados y los reptiles de la tierra”. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó» (Genesis 1, 26-27). ¿Cómo es esto posible? ¿Cuál es el modelo que empleó Dios? ¿De dónde sacó el patrón?

Para responder a esta pregunta baste recordar lo que proclamamos en el Credo: «Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos». Aquí encontramos nuestra respuesta. El Hijo, Jesús, es el modelo del que fuimos creados, la “Imagen de Dios”. Y, por tanto, es también el modelo del que, en nuestra libertad mal utilizada, nos fuimos alejando; nos descuidamos durante el “viaje de la vida”, y, aun habiendo nacido con la capacidad de amar, de ser íntegros, fieles, generosos, en el transcurso de la vida nos hemos desviado hacia la desobediencia (Adán y Eva), a la soberbia (torre de Babel), a la violencia (Caín), a olvidarnos de Aquel que nos creó y veló siempre por nosotros, buscando otros modelos a imitar, otros “dioses”.

Y como parecía que no teníamos la capacidad de aprender, Dios envió a su Hijo para mostrarnos cómo ser “plenamente humanos”. Para ello, nos dejó como modelo su Ejemplo y su Palabra.

Porque vivir en plenitud los «valores humanos» nos lleva a imitar a Jesús, y, por tanto, nos hace ser “capaces de Dios”. Recuperamos así nuestra esencia divina: ser creaturas a su imagen. Por eso, nuestros cimientos solo pueden construirse sobre el cimiento de Jesús, que es nuestra “roca firme”.

Cuando buscamos y repasamos las múltiples listas de los “valores humanos», uno de los primeros que resalta siempre es el Amor. Jesús, en el Evangelio, nos habla del amor: «Respondió Jesús: “El primero es: ‘Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. El segundo es este: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No hay mandamiento mayor que estos» (Marcos 12, 29-31).

Pero, como decíamos, no solo nos deja su Palabra, sino que también nos muestra, con su vida, cómo debemos actuar: «Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Juan 13, 1).

Lo mismo podemos decir sobre la Humildad. Nos dijo: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Marcos 9, 35). Pero también refrendó sus palabras con sus actos; el mejor ejemplo de humildad, siempre es Jesús; Él lavó los pies de sus discípulos, siendo el Maestro y el Señor: «Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis» (Juan 13, 14-15).

Podemos encontrar en los Evangelios muestra de:

  • Su discreción: «Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña» (Marcos 5, 43).
  • Su misericordia: «Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero: queda limpio» (Marcos 1, 41).
  • Su sabiduría: «Se lo trajeron. Y él les preguntó: “¿De quién es esta imagen y esta inscripción?”. Le contestaron: “Del César”. Jesús les replicó: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Y se quedaron admirados» (Marcos 12:16, 17).
  • Su espíritu de servicio: «Él les dijo: “Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco”. Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer» (Marcos 6, 31).
  • Su integridad: «Se acercaron y le dijeron: “Maestro, sabemos que eres veraz y no te preocupa lo que digan; porque no te fijas en apariencias, sino que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad. ¿Es lícito pagar impuesto al César o no? ¿Pagamos o no pagamos?”» (Marcos 12, 14).

En Jesús encontraremos todos los valores humanos, encontraremos el modelo para ser humanos, y, por tanto, para llegar a ser como Dios. Imitar a Jesús no consiste en vestirse con túnica hebrea, llevar el cabello largo o aprender arameo, sino imitar Su madurez humana, largamente “trabajada”.

Cuando Él vino a mostrarnos con su vida el camino hacia Dios, no dudó en sumergirse en nuestro fango, en nuestro estiércol, para convertirse así en nuestro verdadero cimiento. Muchos no son capaces de conocerlo, de reconocerlo, porque nunca han oído hablar de Él, y no se dan cuenta de cómo el Señor está tan íntimamente unido, involucrado, fundido en nuestra vida, en nuestra cultura, en nuestras relaciones, en nuestro lenguaje. Buscan una trascendencia, una respuesta al sentido de la vida; necesitan modelos para imitar, pero todo lo que encuentran son referentes falibles, incompletos, imperfectos. Y no se dan cuenta de que eso que buscan, esa piedra angular, esa roca firme donde edificar sus vidas no es otra que “Dios hecho hombre”.

Jesús es nuestro modelo, porque de Él partimos, con Él caminamos, y hacia la plena comunión con Dios nos dirigimos. Finalizo con las palabras que nos dejó San Pablo: «Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo» (1 Corintios, 11, 1).

Construyendo a un hombre nuevo (II). ¿Quién soy yo?

Seguimos en la tarea de construir en nosotros un «hombre nuevo» a imagen de Jesús. Y para esto, como decíamos en nuestro anterior encuentro, necesitamos conocer cuáles son nuestros cimientos.

¿Quién no se ha preguntado en algún momento de su vida «quién soy»? Y no porque tengamos «amnesia» y hayamos perdido la memoria; me refiero al momento normal en la vida de cada uno en el proceso de nuestro crecimiento, donde vamos tomando conciencia de nosotros mismos, de nuestra pertenencia a un mundo complejo, y de nuestra trascendencia, nuestra relación con Dios.

Algunas personas no llegan a conocer quizá por falta de referentes, de «testigos», al Dios-Amor que ha dado su vida por nosotros; a unos su reflexión les lleva a concluir que debe existir «algo», quizá el «Dios desconocido» de los griegos; o bien asumen que es «alguien lejano», ajeno a nuestras vidas; o simplemente no existe; o encuentran respuestas desde la filosofía o el materialismo.

Otros hemos tenido el privilegio de que nos hablaran de Dios, hemos podido conocerlo no solo intelectualmente sino sobre todo en el corazón, y esto nos ha ayudado a «reconocernos» en Él, y a buscar en Cristo la «imagen» de lo que debemos ser.

Pero no quiero ahondar en este momento en nuestro ser trascendente. Aunque es cierto que el principal cimiento en el que crecemos y nos desarrollamos como personas es el Amor de Dios: un Amor manifestado en Cristo.

Nuestra realidad.

«Quiénes somos», «en qué creemos», «hacia dónde vamos», son preguntas que nos ayudan a marcar nuestro camino.

Si no tenemos claro en qué creemos, iremos dando tumbos por la vida, siguiendo al «líder» de turno, y obedeciendo los intereses de otros.

Si no sabemos hacia dónde vamos, corremos el riesgo de quedarnos en la «estación», sin hacer nada, porque estaríamos desconociendo nuestro destino; caminaríamos sin rumbo, en círculos, sin avanzar, como el que se mete en una rotonda con el coche y no sale de ella porque no tiene claro qué salida escoger.

Si no sabemos quiénes somos, si no nos conocemos a nosotros mismos, nuestro presente se convierte en una verdadera «caja de sorpresas».

Cuando era joven me preguntaba cómo forjar mi personalidad, cómo descubrir mi visión sobre los temas trascendentales. La respuesta me vino así: «lee, fórmate, adquiere conocimiento sobre la vida, sobre la cultura, aprende, forja tu mente: en el camino descubrirás la verdad, «tu verdad», la verdad sobre ti mismo».

Y descubrí la importancia de la educación, de la cultura, del conocimiento, para alcanzar la libertad de elegir, y para poder conocerme a mí mismo, para ser yo mismo; y a nivel de fe poder reconocer el modelo al que quiero parecerme, el modelo sobre el que fui forjado, que es Cristo, y al que aspiro imitar, como dice Pablo: «Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo» (1 Corintios 11, 1).

Solo cuando madure y avance en el sentido de las cosas, seré capaz de discernir, de decidir:

  • podré elegir entre el bien y el mal, cuando conozca qué es lo moralmente bueno,
  • podré elegir una vocación, un camino, cuando conozca las alternativas que tengo,
  • podré elegir qué ver en la televisión, qué comida hacer, qué libro leer, cuando conozca las ofertas, las posibilidades,
  • podré decidirme por un banco concreto, el servicio de un profesional o un comercio, cuando conozca las ofertas de cada uno y pueda elegir lo más conveniente,
  • podré…, en definitiva: seré plenamente libre cuando conozca las opciones que tengo.

Es más cómodo no tener opciones, me resulta más fácil si ya me facilitan la respuesta que debo dar, menos comprometido si no tengo que enfrentarme a mis miedos, a mis limitaciones y debilidades. Y cuando he asumido una opinión, sin conocer el resto de las opciones, la defiendo hasta con cierta violencia, porque en el fondo no sé cómo justificarla, y la impongo ante los demás sin permitir un diálogo; no queremos aparecer como débiles ante los demás.

Para poder ser fuertes, dialogantes, hemos de ser capaces de reconocer nuestras debilidades, reconocer que no sabemos de todo, asumir que necesitamos de los demás.

Y reconocer ante Dios y ante nosotros mismos nuestras debilidades; porque el «hombre nuevo» no se construye sobre utopías ni sobre hombres «perfectos» y sin tacha, sino sobre nuestros errores, nuestros fracasos que, con el tiempo, se  transforman en estiércol, en alimento para la tierra, para «nuestra tierra».

Y, como enseña Pablo: «»Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad». Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Corintios 12, 9-10).

Construyendo a un hombre nuevo (I). ¿Por qué somos tan vulnerables?

Que fácil sería todo si fuéramos plenamente conscientes de que somos «parte de Dios», destellos de su gloria (Mantenerse en la brecha II). Viviendo en y para el Señor, las cosas se ven, se viven diferente, como en otra realidad, la Realidad.

Pero la verdad es que nos dejamos llevar, con relativa facilidad, por nuestras debilidades, por las sombras que nos atenazan; dejamos de sonreír, nos enfadamos, nos crispamos, perdemos el brillo en nuestra mirada, y nos dejamos llevar por sentimientos que nos resultan dañinos. Nos pasa  como a San Pablo: «En efecto, no entiendo mi comportamiento, pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco» (Romanos 7,15).

Se supone que tenemos claro qué hemos de hacer, que somos fuertes en nuestras convicciones; como cristianos conocemos el mandato del amor, la necesidad de la paz, de la concordia, del respeto; pero lo cierto es que, a la primera de cambio el mundo exterior nos seduce hacia la violencia, el juicio, el rencor, las malas palabras. Las noticias, acontecimientos o situaciones adversas de cada día nos quitan la paz con la que debemos vivir, y parece como si se derrumbara todo el mundo a nuestro alrededor.

¿Por qué somos tan vulnerables?¿Por qué cambiamos tanto de criterios o de estado de ánimo?

Un signo muy patente de nuestra debilidad es la facilidad con la que nos dejamos influir por las noticias que nos llegan a través de los medios, directamente o a través de personas que nos las cuentan de segunda mano. Muchas veces no son meras noticias, sino opiniones que manipulan nuestro pensamiento. No tratamos siquiera de discernir, de la manera más elemental, para distinguir los «hechos» de las «opiniones». Y después respondemos con rotundidad, defendiendo lo que simplemente hemos escuchado: «Esto es cierto, lo han dicho las noticias». Persuadidos de que somos consumidores de información, no nos damos cuenta de que más bien estamos consumidos por ella.

Nos falta espíritu crítico, para poder distinguir entre la verdad y las «verdades», es decir, las opiniones personales; necesitamos conocer y afianzar los pilares de nuestra vida, para no ser como la veleta que gira en la dirección del viento, de vientos distintos. Sí, es más fácil y cómodo dejarse llevar, pero también es contraproducente para nuestra identidad, porque, al final, no sabemos realmente quiénes somos.

    • Si decimos que somos cristianos, ¿cómo somos capaces de juzgar, criticar, agredir verbalmente a alguien?
    • Si nos identificamos como hombres de Esperanza, ¿cómo es que, con facilidad, mantenemos un rostro triste o enfadado?
    • Si estamos llamados a ser Luz, ¿por qué no iluminamos?
    • Si . . .

Necesitamos, para construir un hombre nuevo a imagen de Jesús, conocer primero quiénes somos, cuáles son nuestros cimientos, nuestros valores, los pilares de nuestra vida.  Pero,  ¿cómo podemos hacerlo?

Te invito a emprender el camino juntos.

¿Te atreves?

 

Mantenerse en la brecha (II)

Concluíamos nuestro encuentro anterior con las siguientes palabras:

«Seremos constructores o reconstructores de paz, cuando «seamos Cristo». Pero, ¿cómo podemos ser Cristo?».

San Pablo nos dice: «Vivo, pero no soy yo el que vive, sino Cristo quien vive en mí» (Gálatas 2, 20). Este es el sentido por el que queremos transitar en la respuesta a esta sencilla pregunta.

En el fondo, las palabras de San Pablo a los Gálatas nos muestran la esencia del camino del cristiano, discípulo de Cristo: imitarle a Él, hacer vida su Palabra, tener los “sentimientos de Cristo Jesús” (cfr. Filipenses 2,5). “Ser Cristo” quiere decir que lo descubran a Él cuando nos miren a nosotros, que escuchen sus Palabras cuando hablemos, que sientan su Abrazo cuando consolemos al hermano que llora.

“Llegar a ser Cristo” implica imitarle en lo que Él nos enseñó, que podemos encontrarlo en los Evangelios. Conocemos el mensaje, y ponemos nuestro empeño en vivirlo.

Pero, en esta ocasión, me gustaría ir más allá en la respuesta a la pregunta “cómo podemos ser Cristo”, aportando una nueva perspectiva.

Dice la Palabra de Dios que el hombre fue creado a imagen de Dios (cfr. Génesis 5, 1); esto quiere decir que estamos hechos a imagen de Jesucristo: «Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos» (Romanos 8,29). Él es el modelo, y por eso el fin de nuestra vida debe ser imitarle, “parecernos a Él”.

Pero, aun habiendo sido creados a imagen de Jesús, la verdad es que no somos todos iguales entre nosotros. Somos diferentes, muy diferentes, como obras de arte realizadas con “moldes únicos”. ¿Cómo es esto posible? Parece un contrasentido.

Podemos llegar a la conclusión de que somos iguales en lo que heredamos de Jesús, y diferentes en nuestra parte humana. Nos une la capacidad de amar, por ejemplo, porque es esencia de Dios, pero me diferencian de mi hermano mis cualidades humanas, propias, diferentes.

Pero también hay en nosotros una parte “divina” que nos diferencia. Cada uno de nosotros recibe de Dios unos talentos, una parte de la esencia de Dios que Él ha puesto en nosotros. Los talentos “son” a su imagen. Es una parte de la esencia divina que Él comparte con nosotros. Son los “destellos de Dios”, con los que, cuando los hacemos realidad en nosotros, reflejamos su gloria, su sonrisa, su alegría, su amor.

Cuando tomamos entre las manos los 10, los 5 o el único talento de la parábola (cfr. Mateo 25, 14-30), y los hacemos fructificar, estamos haciendo relucir en el mundo los “reflejos de Dios”; y como solo tenemos una parte de esa esencia, cuando caminamos junto a nuestros hermanos, entre todos hacemos relucir la Luz de Dios en toda su plenitud. Por eso nos necesitamos, nos completamos unos a otros.

Si por el contrario mantenemos escondidos en la inactividad estos talentos, nunca reflejaremos la luz de Cristo en el mundo, no seremos reflejos, destellos de Dios. Si nos quedamos encerrados en nosotros mismos estamos enterrando nuestros talentos, estamos enterrando a Cristo mismo, estamos menospreciando su luz, porque impedimos, con nuestra cobardía y negligencia, que su Luz resplandezca.

El don que recibimos, como reflejo del mismo Cristo, es el regalo de Dios para que podamos «ser Cristo». Las manos, por ejemplo, de un cirujano, puestas al servicio del enfermo como instrumento de Dios, permiten al paciente vivir en su cuerpo la caricia de Dios mismo, porque es Cristo sanador, en la persona del médico, quien le opera.

Tenemos, según esta reflexión, dos opciones en nuestra vida:

Si el centro de nuestra vida somos nosotros mismos, si no dejamos que Cristo brille en nosotros, perderemos la esencia de nuestro ser espiritual; y así nunca seremos constructores de Paz, porque no seremos “Cristo”.

Por el contrario, si hacemos como el siervo de la parábola: «El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco» (Mateo 25, 16), estamos dejando crecer a Cristo en nosotros, compartiendo la sonrisa de Dios en nuestros labios, alegrando el corazón de los hombres con la Alegría de Dios, sirviendo a los necesitados con las manos de Dios, porque son sus talentos, y con ellos lo hacemos presente a Él. «Ya no soy yo, es Cristo que vive en mí».

Los “destellos de Dios” que recibimos son un verdadero regalo con los que Dios mismo comparte con nosotros parte de sí mismo, nos permite «vivir en Cristo», nos hace posible “ser Cristo”, y, por tanto “constructores, reconstructores de Paz”.

Mantenerse en la brecha (I)

En nuestro último encuentro de este blog hablábamos de la muralla de Jerusalén, cambiando el término “construir” por el de “reconstruir”. Y hacíamos referencia al libro de Nehemías. En aquellos días, me emocionó especialmente leer en este libro el relato de la realización del trabajo: «Después de él, Baruc, hijo de Zabay, restauró otro tramo, desde el ángulo hasta la puerta de la casa del sumo sacerdote Eliasib. A continuación, Meremot, hijo de Urías, hijo de Hacós, restauró el tramo siguiente, desde la puerta de la casa de Eliasib hasta el extremo de la casa de Eliasib. Después de él trabajaron en la restauración los sacerdotes que habitaban en la llanura. Luego, Benjamín y Jasub trabajaron en la restauración frente a su casa. A continuación, Azarías, hijo de Maasías, hijo de Ananías, restauró el tramo junto a su casa» (Nehemías 3, 20-23). Esta descripción me mostró un pueblo unido, con una tarea común, cada familia en su brecha, en su tramo, codo con codo, como un solo pueblo.

La lectura de este fragmento, del que solo copio una parte como muestra, me trajo al recuerdo un fragmento del libro «Tres monjes rebeldes» de M. Raymond, que relata, con un formato de novela, la historia de los fundadores de la Orden del Císter.

En relación al primero de ellos, Roberto de Molesmes, transcribo unos fragmentos de la novela, donde relata su reflexión tras escuchar a su abad en la enseñanza de la mañana:

«”Busqué… un hombre… que se mantuviera en la brecha, delante de mí, en defensa de la tierra, para que yo no la destruyera; y no encontré ninguno” (Ezequiel 22, 30).

Estas palabras habían perseguido a Roberto toda la mañana. Le habían hecho imaginar el cuadro de una ciudad sitiada, con una enorme brecha en su muralla. Veía un solitario caballero, de pie, en medio de la abertura, como única defensa de todo el pueblo. Esa fantasía removía su sangre guerrera. Pero lo que había oprimido su corazón en el capítulo, y continuaba aun oprimiéndolo, era el dolorido lamento de la última frase: «…y no encontré ninguno»».

En conversación posterior con su Abad, este le hizo leer un pergamino:

 «Nuestro principal deber es continuar en la tierra lo que los ángeles hacen en el cielo».

Y después le explicaba:

«No has sido traído a este lugar para ser un ángel, hijo mío. Fuiste traído para dar a Dios algo que nadie en los nueve coros de ángeles, ni ninguno de los nueve coros, ni por cierto los nueve coros juntos, podrían dar. No fuiste traído para desempeñar trabajo angélico, ni tampoco trabajo humano, pero sí trabajo divino. No estás aquí para convertirte en otro Miguel, Gabriel o Rafael, hijo. ¡Estás aquí para ser otro Cristo! Estamos aquí para ser hombres crucificados; pues es a Cristo a quien debemos imitar. Él no solamente alababa y agradaba a Dios, sino que salvó a los hombres. Él era el Hombre que se mantuvo en la brecha, ¿no es así?»

Y Roberto concluyó:

«—Ahora veo que hay una vocación más alta que la de imitar a San Benito. Tengo que imitar a Jesucristo. Nosotros, los monjes, debemos mantenernos en la brecha como se mantuvo El».

Todo este texto, me hace reflexionar sobre el sentido de las palabras «reconstruir la muralla de Jerusalén». Nosotros también debemos estar en la brecha, en nuestro trozo de muralla, para ser Cristo. «Vivo, pero no soy yo el que vive, sino Cristo quien vive en mí» nos dice San Pablo en Gálatas 2, 20. Mantenernos en la brecha de la muralla es ser Cristo mismo.

En definitiva, podemos hablar horas y horas, escribir cientos de folios para explicar cómo construir o reconstruir un mundo de Paz; podemos disertar sobre el respeto a los demás, ser sinceros, ayudar a los débiles, ser solidarios con los que más lo necesitan, cuidar a nuestros mayores, respetar la vida. Podemos elaborar muchos discursos inspiradores sobre el respeto a la naturaleza, sobre respetar a los diferentes, sobre ser forjadores de buena convivencia. Pero, en realidad todo esto está contenido en una sola frase: seremos constructores o reconstructores de paz, cuando «seamos Cristo».

Pero, ¿cómo podemos ser Cristo?

¿Construir o reconstruir?

En la portada de nuestra página leemos: “Esta es nuestra contribución para construir una civilización de paz”. Pero dentro de la frase hemos dejado latir una idea clara: no estamos construyendo nada nuevo, sino reconstruyendo el proyecto de Dios.

Cuando hablamos de construir un mundo de Paz, nos olvidamos de muchos siglos de historia de la humanidad y, en concreto, de 21 siglos de historia de la Iglesia, en los que muchos han luchado y trabajado por construir ese Reino de Paz en el mundo. No somos pues los primeros que nos planteamos esa “construcción”; forma parte de nuestra historia.

La humanidad ha alternado de una manera cíclica, como en los tiempos del pueblo de Israel, épocas de acercamiento al Señor, con una fe firme, y otras de dar la espalda a Dios siguiendo otros dioses, otros objetivos. En nuestra vida personal pasa algo semejante; vivimos períodos de cercanía del Señor y, por razones diversas, nos alejamos de Él al experimentar un enfriamiento del corazón, lo que nos conduce a dejarnos arrastrar hacia una vida alejada de Dios.

Leyendo los libros de Esdras y Nehemías, podemos reflexionar sobre el verdadero sentido de la frase “construir un reino de paz y amor”. Al regreso de la deportación a Babilonia, Esdras y Nehemías son enviados a Jerusalén, para encargarse de la tarea de reconstruir las murallas de la ciudad santa. Con grandes esfuerzos y en medio de amenazas, trabajaron con dedicación; por familias se encargaban de la tarea de reparar un tramo de la muralla. Como dice el libro de Nehemías: «Así pues, construimos la muralla y la reparamos del todo hasta media altura, pues el pueblo tenía ganas de trabajar con gran empeño» (Nehemías 4, 6). «Así pues, la muralla se terminó el día veinticinco del mes de elul, después de cincuenta y dos días. Cuando se enteraron nuestros enemigos, el miedo se apoderó de todas las naciones vecinas y se sintieron humillados, porque comprendieron que esta obra había sido realizada con la ayuda de nuestro Dios» (Nehemías 6, 15-16).

Tras el desempeño de estos trabajos, llega el momento de la lectura del libro de la Ley de Dios. Llegado el momento «Esdras abrió el libro en presencia de todo el pueblo, de modo que toda la multitud podía verlo; al abrirlo, el pueblo entero se puso de pie. Esdras bendijo al Señor, el Dios grande, y todo el pueblo respondió con las manos levantadas: «Amén, amén». Luego se inclinaron y adoraron al Señor, rostro en tierra». (Nehemías 8, 5-6) «Leyeron el libro de la ley de Dios con claridad y explicando su sentido, de modo que entendieran la lectura. Entonces el gobernador Nehemías, el sacerdote y escriba Esdras, y los levitas que instruían al pueblo dijeron a toda la asamblea: «Este día está consagrado al Señor, vuestro Dios. No estéis tristes ni lloréis» (y es que todo el pueblo lloraba al escuchar las palabras de la ley)». (Nehemías 8, 8-9)

Reflexionando sobre esta etapa de la Historia de Israel tras el destierro, vemos que no nos toca construir nuestra “Jerusalén”, sino reconstruir su muralla. Porque el mundo ha conocido tiempos de fe y esperanza; hemos podido contemplar una “Jerusalén” llena de belleza; y a nivel personal, hemos gozado de tiempos de experimentar la cercanía de Dios. Después, el enemigo ha destruido nuestras murallas, cuando hemos ido a adorar a otros dioses, dejando nuestra ciudad interior desprotegida, a merced de cualquier doctrina o ideología que llegara a nosotros, y eso nos ha llevado a vivir un tiempo como en una especie de “exilio”.

Pero hoy hemos recibido la invitación de Dios de aunar fuerzas, trabajar juntos, porque somos una familia, un equipo, y esto nos hace fuertes, poniendo piedra sobre piedra, mientras defendemos, como los israelitas, el interior de nuestra ciudad. La muralla que reconstruimos nos protege de nuestros enemigos y crea en el interior de nuestra ciudad un lugar acogedor donde vivir. También la Palabra de Dios nos debe de “hacer llorar”, porque nos muestra la Alianza de Dios con nosotros, su alianza de Amor, que nos lleva a reconocer ante Él nuestros pecados. Porque su Palabra nos habla de Amor, del Amor de Dios por el hombre.

Cuando contemplamos el mundo, hemos de descubrir lo que era antes del vacío de Dios, y luchar por reconstruirlo. No construimos desde cero. La esencia del Amor está grabada en el corazón de los hombres. Solo tenemos que dejarla fluir para que las lágrimas del arrepentimiento limpien las manchas de nuestro corazón.

En nuestro “tiempo de deportación” hemos experimentado el anhelo de Dios, el vacío de su Amor. Su Palabra hoy nos muestra el mensaje de misericordia de Dios, y nos lleva al arrepentimiento. Porque, ¿quién puede escuchar, experimentar que Dios le ama, y quedarse inmóvil sin desear dejarse abrazar por Él? Su Amor nos hace libres, nos transforma: nos empuja a emprender la tarea, como en tiempos de Nehemías, de reconstruir la muralla de nuestra Jerusalén, el Reino de Dios en nosotros y en el mundo.

Hacia la Tierra Prometida

15 de agosto de 2020

«El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres» (Sal 125, 3).

Hoy se cumplen 40 años del día en que el P. Alberto María, nuestro fundador, llegó a la ciudad de Alicante, y comenzó un camino, una nueva experiencia eclesial; para nosotros significa un lugar, una familia, una vocación concreta en la Iglesia.

Hoy se cumplen 40 años del momento en que, en aquella primera casa ubicada en la calle Torres Quevedo de la ciudad de Alicante, el P. Alberto María se arrodilló ante el Señor y le preguntó: «Señor, ¿qué quieres que haga?», y escuchó en su corazón estas palabras: «Tú ocúpate en «estar», que yo te enviaré a las personas a las que quiero que sirvas».

Estas palabras han iluminado todo nuestro camino, porque nos indican la actitud que debemos tener en nuestro servicio a Dios. «Ocúpate en estar»; sí, en Su presencia, de manera orante y confiada, con una esperanza activa; porque no esperamos «ociosos» a las personas a las que debemos de servir, sino en una espera orante, arrodillados ante el Señor, entregando nuestra vida cada día al servicio del Señor.

A lo largo de estos 40 años de historia ha habido experiencias de todos los colores; ha habido errores y aciertos; y ciertamente hemos aprendido más de los errores, hemos aprendido en el sufrimiento, en el fracaso, buscando siempre la voluntad de Dios; hemos gozado con los numerosos signos de la Providencia de Dios, de Su presencia en nuestras vidas. Signos que, como bien nos enseñó el Padre Alberto, debíamos guardar en nuestro corazón, como María, para los tiempos en que no fuera tan patente la presencia de Dios; también hemos experimentado el abrazo de la Iglesia en numerosas ocasiones, su cercanía y su cuidado.

Un número incontable de personas ha pasado por nuestros monasterios; unos han permanecido, otros han seguido su camino tras llevarse lo que el Señor tenía reservado entregarles en nuestras casas; y unos pocos han llegado ya a su destino definitivo, a los pies del Señor, en el Paraíso. Entre ellos naturalmente el P. Alberto María, el primer monje de la Paz, la persona que escuchó la llamada primera, y nos trasmitió una manera de vivir desde el amor de Dios. Su legado espiritual, “por el amor de Dios amad al Señor”, nos empuja a responder con amor al Amor.

 

Cruza el Jordán

Cumplimos 40 años de fundación, los mismos que duró el recorrido de Israel por el desierto; a la luz de la historia del Pueblo elegido descubrimos que el Señor también nos sacó de nuestro “Egipto” para liberarnos de nuestras esclavitudes, nos dio una Ley —una “regla de vida”— y nos ha conducido e instruido a lo largo del camino hasta las puertas de la “tierra prometida”. Y hoy, como a Josué, nos dice: «No te desvíes a derecha ni a izquierda, no tengas miedo ni te acobardes, que contigo está el Señor; pasaréis el Jordán, para ir a tomar posesión de la tierra que el Señor, vuestro Dios, os da en propiedad» (cfr. Josué 1).

Es como si nos dijera: “Al otro lado encontraréis ciudades que conquistar para el Reino de Dios, personas a las que mostrar el rostro del Señor, un mundo que no conoce a Dios; no os contaminéis con las “idolatrías” que el mundo os ofrece, sino edificad un templo en vuestro corazón, cada uno y en comunidad, para que los que no conocen el Nombre de Dios puedan ver la gloria del Señor y se arrodillen a sus pies”.

En este tiempo de increencia, de fomento del individualismo y el materialismo, el Señor nos alienta: “Os he formado para esto, para ofrecer a los hombres un pedazo de cielo donde reencontrarse con Dios, un rincón de paraíso que ayude a los hombres a mirar a Cristo, como modelo a imitar, y reencuentren así el sentido de sus vidas”.

 

Nuestro hoy es nuestro futuro

Durante este Año especial de acción de gracias, cada mes hemos orado por uno de los elementos fundamentales de nuestro carisma; cada elemento es como una pieza de un puzle que, hoy, y unidas por el amor de Dios, uniéndolas con su Amor, nos permite contemplar la obra completa como lo que es: un estilo propio de vida.

Mirando hoy el mundo que nos rodea, donde el ser humano ha perdido de vista su horizonte, donde el amor se desvirtúa, la esperanza se pierde, y la fe en Dios ha quedado sustituida por miles de “estatuas” sin vida, llega a mi corazón el convencimiento de que el Señor nos hizo nacer hace 40 años pensando en el día presente; nos ha conformado como una pequeña comunidad, una familia donde el Amor de Dios quede patente, visible, palpable; para dar Esperanza al hombre sin rumbo, y ayudar a la humanidad a reencontrar la Fe en Dios perdida, olvidada o no conocida.

Un año de acción de gracias termina, pero se abre ante nosotros un presente, una misión: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mateo 28, 19). Nosotros, con nuestra manera concreta de hacer vida la Palabra de Dios, debemos ser testigos de su Amor, para llevar a los hombres a la Fe, transmitiéndoles Esperanza en un mundo “con Dios”.